sábado, 3 de octubre de 2020

LA SASTRERÍA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

No corren buenos tiempos para el comercio en general, y menos para la sastrería. La sastrería no deja de ser un capricho; un capricho que como tal es prescindible. Bastante difícil es hacer frente a las obligaciones diarias, como para en tiempos inciertos completar el armario con ropa que con bastante seguridad no necesitamos.

Esta semana un sastre muy buen amigo, un enorme sastre por cierto, me llamaba para decirme que cerraba, que no podía aguantar más. Reconozco que la pena se apoderó de mí. Es, y siempre será, uno de los profesionales de la aguja al que más respetaré y quizás por ello fue como si una parte de mi se apagara con la noticia. Después de superar el golpe pensé cómo era posible que, siendo el sastre de varios presidentes del IBEX e, incluso, el sastre escogido en los últimos tiempos por el Rey podía verse abocado a tal situación. El resumen es tan sencillo como que no entran nuevos pedidos y los que están listos para entregarse no son recogidos. A esto hay que añadir que, si no te enfrentas con frialdad a la realidad, esto es, si mantienes a toda tu plantilla sin EREs o ERTEs los gastos son los mismos que antes de la pandemia, pero los ingresos solo han disminuido.

Cuando colgué de hablar con él pensé que si esto le estaba pasando a mi gran amigo qué no estaría ocurriendo a compañeros suyos con menos clientes, sastres menos conocidos y no más formación profesional que la de la aguja. Al fin y al cabo, mi querido sastre estaba próximo a la jubilación y solo adelantaba unos años un bien ganado merecido descanso. 

Un par de días después comía con otro sastre, pero este mucho más joven. Hablando de los tiempos que vivimos obviamente le pregunté por la marcha de su negocio. Y no pude más que alegrarme de su respuesta. Aún con cierta incertidumbre, este me comentaba que él estaba contento, que los clientes no habían dejado de venir, que seguía recibiendo a otros nuevos– la mayoría jóvenes – y que los números, de momento, cumplían con lo previsto. 

Claramente, dos realidades muy diferentes. Pero, ¿qué ha hecho este último sastre diferente al primero y, me temo, que a la mayoría de sastres de España? Algo tan sencillo como no pensar en este mes y tener siempre la vista, no en el mes siguiente, sino en la década siguiente. Para ello, ha sido sastre en su taller pero también ha sido muchos otros perfiles fuera de ella. Se ha movido por hoteles ofreciendo sus servicios, ha luchado sin ayuda alguna para aparecer en las revistas del sector, ha hecho infinidad de actividades en su sastrería para clientes y no clientes, ha tenido a los blogs tanto nacionales como internacionales como multiplicadores de su producto, ha buscado a los jóvenes – sus clientes del futuro – hasta en los portales de sus casas, ha sido muy activo en las redes sociales, ha confeccionado pagándolo él mucha ropa para eventos o para personajes públicos con la esperanza de que en el futuro esto le revertiera algún rédito. Hasta me consta que a sabiendas que le costaría dinero se ha subido en un vuelo rumbo a Londres a probar a un nuevo cliente que solo quería una chaqueta… En otras palabras, ha sido, además de sastre, un gran comercial con vocación empresarial.

Y hablando de buenos comerciales, me viene a la cabeza las últimas noticias que sobre la pandemia he leído referente a los sastres ingleses e italianos. O mejor dicho a los sastres de Londres, Milán y Nápoles. Y la situación no puede ser, también en este caso, más diferente. Si los sastres de Savile Row están aguantando el tirón, sus homólogos italianos están sufriendo mucho por subsistir. 

Londres es una enorme ciudad con un poderío económico muy superior al de las ciudades italianas. En Londres no solo habitan ciudadanos británicos sino de medio mundo, siendo estos suficientes para mantener las sastrerías ocupadas. Con seguridad también estas estarán perdiendo pedidos de clientes internacionales que ahora no pueden viajar y están residiendo en el extranjero. Pero, la clientela, tanto nacional como internacional, que vive en Londres es tan grande que pueden esperar a que pase la maldita pandemia sin necesidad de verse abocados a cerrar sus sastrerías.

Sin embargo, la situación de Milán y Nápoles es bien diferente. El 85% de la clientela de estas sastrerías es internacional y con esta sin poder viajar su realidad es bastante dramática. El número de sastrerías en Nápoles por ciudadano es el más elevado del mundo. Allí hay todo tipo de sastres: buenos y regulares, caros y baratos. Pero tanto unos como otros vivían en su mayoría del cliente internacional y este ya no pasea por sus calles. No obstante, unos pocos sastres pensaban en su vida dentro también de diez años y han viajado antes de la pandemia yendo ellos a buscar cliente y no esperando que el turista sartorial entrase en su sastrería. Serán estos los que en cuanto puedan viajar retomen su vida y sus viajes. Mientras, los que disfrutaron sin hacer mucho de la popularidad de la sastrería napolitana viendo como los clientes entraban a su sastrería tendrán que replantearse su futuro. 

Mi opinión es que hasta que no haya vacuna la situación no va a mejorar, es más, me temo que en el tema que nos ocupa la situación solo hará que empeorar. Ojalá me equivoque, pero no creo que la vacuna llegue, al menos no de manera masiva, antes de 2022. Es decir, queda al menos queda un largo año de travesía por el desierto. Y cuando esto pase habrá que ver cómo de mermadas están las finanzas del personal. 

Los que tengáis buena memoria recordareis el artículo que escribí hace cinco meses durante la primera ola sobre las medidas que yo tomaría de ser sastre para afrontarla. Mi segundo sastre, el previsor y el que se despertaba todos los días pensando qué debería hacer ese día para seguir ejerciendo el oficio dentro de diez años, aplicó varias de ellas. Del resto no lo sé o no me consta. Mejor sería que no me constara pues vienen probablemente los meses más duros a los que se va a enfrentar esta entrañable profesión y el que no se haya preparado para ello no va a sobrevivir. 

El Aristócrata

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias por el artículo y comparto su parecer. Una sastrería es un negocio como otro cualquiera y como tal habría que afrontarlo. Sin embargo, ya sea debido a la elevada edad de los sastres en activo o a que se acostumbraron mal la realidad es que no afrontan su oficio como si fuera efectivamente una empresa.

Hasta un taxi es una empresa. Y no parece que vaya a tener los mismos clientes el taxista que espera en la parada que aparezca un cliente que el que no para de moverse buscándolo. Pues aquí es lo mismo.

Gracias por compartirlo

Anónimo dijo...

Mi mejor traje me lo ha hecho Reillo y me da mucha ver cómo negocios de toda la vida cierran sus puertas.

Es el signo de los tiempos, pero no me resigno a pensar que los modernidad consiste en que cada uno trabajará desde su casa en chándal , en vez de calzarse unos zapatos lustrosos y preocuparse de tener bien hecho el nudo de la corbata antes de entrar al trabajo. El Progreso no siempre es para bien.

Yo esta mañana he encargado otro traje a Reillo y será cruzado. Y lo guardaré con el mismo orgullo y cuidado con el que él lo va a confeccionar.

El Aristócrata dijo...

D. José María es y siempre será irrepetible.

Anónimo dijo...

Independientemente de la catástrofe que estamos viviendo si estos señores cuando les iba bien hubieran plantado para el futuro (marketing y otras acciones cara a sus clientes) hoy no estarían sufriendo tanto. El caso de Joaquín Fernández quien no para de trabajar así lo atestigua.
Suerte tanto para unos como para otros.
LS