sábado, 7 de junio de 2014

EL CÓDIGO NO ESCRITO DE LA ELEGANCIA

Las normas más importantes del vestir del hombre poco o nada hablan de hacerlo de una u otra manera. Y es que sencillamente, la verdadera elegancia no la otorga el seguir unas u otras pautas. La verdadera elegancia, esa virtud tan escasa en nuestros días, es, por el contrario, un código de normas no escritas que han pasado de padres a hijos. Normas que se han aprendido en casa o que se han llegado a dominar observando a esos caballeros que las tenían interiorizadas desde su infancia. Normas todas ellas que no aparecen en los libros de moda sino que lo hacen en las biografías de los hombres más elegantes y educados de la historia.

Si bien conocer las nociones básicas sobre cómo combinar colores, estampados o cómo escoger la mejor hechura para nuestro físico, es algo, sin duda alguna, importante, son las normas no escritas las verdaderamente responsables de separar a quien se esfuerza por ser elegante de quien sencillamente lo es.
La elegancia es una actitud, un comportamiento concreto frente una situación determinada, la naturalidad con la que andamos, la facilidad con la que hablamos e incluso la destreza con la que escribimos. Es una forma de vida asimilada y no forzada, una manera de afrontar el día a día sin tener que parar a pensar qué corbata escoger o cuál es el zapato que mejor combina con nuestro traje. Y es que la elegancia no es otra cosa que naturalidad, sencillez y saber estar.

Son precisamente esas normas que han pasado de generación en generación, independientemente del caso omiso que hoy se haga de ellas, las responsables de separar el trigo de la paja. Es curioso observar como no hace tantos años las invitaciones no se llenaban, como sí lo hacen hoy, de frases del tipo “smart casual”, “formal dress”, “business standard”, “longe suit” y un largo etcétera; frases todas ellas con las que hoy se intenta evitar que los invitados desentonen con la formalidad o informalidad del acto. 
Hasta bien pasada la II Guerra Mundial, momento de inflexión en la vestimenta masculina, los señores eran perfectamente conscientes de aquello que tenían que vestir y no necesitaban a nadie que se lo recordase. Con prestar atención a la formalidad del acto y a la hora en que este se fuera a celebrar, se sabía cuál era el conjunto más apropiado para la ocasión. 

Eran tiempos donde no era necesario recordar que la noche requería de conjuntos oscuros o que no se podían vestir zapatos marrones en un acto formal y mucho menos hacerlo en ausencia de luz solar. De todos era conocido que el presentarse en una boda con esmoquin produciría, en el mejor caso, las risas del resto de invitados, que las camisas de cuadros se debían reservar para el fin de semana y nunca para las ocupaciones en la ciudad y que en los actos más formales había que decantarse por corbatas lisas y sin diseño alguno.
Aquellos señores habían aprendido de sus padres, y corroboraban en la calle, que los zapatos negros lisos de cordones eran la única opción para el chaqué y que si las camisas blancas había que reservarlas para la noche, las azules claras tocaba guardarlas para el día. Sabían de lo inapropiado del uso de gafas de sol en sitios cerrados, de la falta de respeto que suponía desprenderse de la chaqueta o desabotonarse el botón del cuello de la camisa y, por supuesto, nunca se hubieran podido imaginar que sus homólogos, menos de un siglo después, llegarían incluso a saludar a un Jefe de Estado con una gorra de béisbol en la cabeza.
Nada de esto ha quedado escrito y, sin embargo, estas normas son la verdadera esencia sobre la que construir no solo la base de la elegancia sino también las muestras de respecto hacia los demás. Normas todas estas que nada tienen que ver con una posición económica concreta sino solamente con la cultura y educación adquirida a lo largo de los años.

El Aristócrata 

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Enhorabuena Jose Mª, uno de los mejores artículos que he tenido el placer de leerte. Con genial narrativa y docto legado. Felicidades.
Un saludo muy cordial para todos.
David Gª. Bragado

Anónimo dijo...

Es una infelicidad que hoy las personas confundan modernidad con rompimiento de tradiciones y costumbres.
Piensan que ser moderno es hacer algo de manera diferente de que sus padres y abuelos hacían, aún que signifique hacerlo peor.

Anónimo dijo...

Gran artículo. Impresionante. Hacia mucho tiempo q no leía algo tan bien escrito, tan corto pero también tan explicativo. Mi más sincera enhorabuena.
Javier

Anónimo dijo...

Magnífico artículo como nos tiene acostumbrado EA y la primera fotografía ... te has superado!
Por cierto, sería posible otra oferta de Passaggio?
Phil

Anónimo dijo...

Curioso lo de las camisas blancas y azules. No lo sabía.
AS

Anónimo dijo...

Ante la duda de qué ponerse o qué es más adecuado para un determinado acto entre llevar las últimas tendencias o vestir de manera clásica, que no antigua, lo segundo es siempre un acierto.

Me ha gustado el artículo.

Manuel G.

El Aristócrata dijo...

Muchas gracias a todos.

Es una pena que la mayoría se los hombres estén empezando a pensar que en esto de la vestimenta hay que evolucionar y olvidar la forma de vestir del pasado. Para mi, evolucionar no significa romper con todo. Para mi significa, por el contrario, mirar al mañana pero siempre conservando lo bueno de ayer. Nadie podrá convencerme que el vestir como hoy quieren que vistamos los grandes grupos de moda y los diseñadores más laureados sea más elegante, o incluso más estiloso, que lo que se veía incluso hace más de setenta años.
EA

If dijo...

A este respecto matizar que elegancia,clase y estilo son tres aspectos absolutamente distintos que a veces aparecen imbricados entre si,algo que muchos confunden. La clase es distinción,la elegancia es equilibrio y el estilo es personalidad. La primera jamás puede adquirirse pues viene de cuna,la segunda no se aprende y la tercera sólo corresponde a unos pocos.
Un saludo.

Anónimo dijo...

El caballero de la foto en traje azul, no es el dueño de Jurucha, Ayala, Madrid?

Anónimo dijo...

Ciertamente, en la modernidad impera un rechazo constante hacia el ayer, cosa que no puede entenderse sino como rechazo hacia la tradición. Ahora bien, no es menos cierto que entorno al debate de la elegancia se dan ciertas contradicciones. Por un lado se dice que la elegancia no se aprende (se nace elegante) y por otro, se afirma que los hombres elegantes lo son por haber adquirido de sus padres ese modo de vida en particular. Parece que, siendo la elegancia un modo de vida, es decir, un ejercicio o un conjunto de acciones, no puede decirse que sea innata, sino más bien un producto del hombre que vive en una determinada sociedad. Este punto de vista viene a explicar el porqué del cambio que muy brillantemente aprecia el Aristócrata. El odio a la tradición enraíza en la libertad liberal entendida como "ausencia de límites" y se manifiesta, entre muy diversas formas, vistiendo esmóquines con bermudas.

C.Rodríguez

Angel Luis Canzobre dijo...

Es natural la evolución en las maneras de vestir, pero esto, no implica de manera alguna, que la esencia de lo elegante se pierda.
Vemos aterrorizados, como en cada vez más tertulias ´´serias´´, los intervinientes visten de manera muy desafortunada, con la intención de desmarcarse de una manera formal de llevar un traje. Craso error, ya que de esa manera, la elegancia queda desvirtuada y maltratada por aquellos, que se supone, deben manifestar una imagen seria, educada, tolerante, culta...
Un saludo.

Anónimo dijo...

Enhorabuena por el artículo y por el blog, es realmente interesante y útil. Quisiera hacerle una consulta referente a vestimenta de boda: si el novio viste un semi chaqué o stroller, cuál sería la vestimenta adecuada para el padrino y testigos?
Muchas gracias.

Anónimo dijo...

El mismo q el del novio
Antonio

Luis Epicteto dijo...

Amén. Brillante artículo. Un saludo