POSIBLEMENTE, EL OTOÑO MÁS BONITO DEL MUNDO.

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En las montañas ya hay algo de nieve, pero una locura de colores amarillos, ocres y rojos, han sido mis compañeros de viaje. La Europa más septentrional demuestra como todavía quedan paisajes vírgenes mientras el silencio cae como una losa sobre unas tierras donde la luz y la oscuridad marcan los ritmos de las estaciones…
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Una carretera, un destino.

En las montañas ya hay algo de nieve, pero una locura de colores amarillos, ocres y rojos, han sido mis compañeros de viaje. La Europa más septentrional demuestra como todavía quedan paisajes vírgenes mientras el silencio cae como una losa sobre unas tierras donde la luz y la oscuridad marcan los ritmos de las estaciones…

Por suerte, un viejo diario de un viajero inglés de los años cincuenta  crearon la marca, The Artic Highway. Era la excusa perfecta para recorrer Noruega, en sus territorios más septentrionales, desde el Círculo Polar hasta el Cabo Norte. Hoy es la forma más personal de poder disfrutar del otoño.  Noruega ofrece sus territorios para sentir el placer de poder viajar hacia el norte, con el mar como compañero por el oeste. Los renos y los samis son los compañeros de esta aventura que siempre está disponible. Esas regiones que se dejan tocar  por un mar turbulento que siempre ha fascinado a los viajeros y donde su territorio es una pequeña franja de terreno que parece puesta para evitar que los suecos salgan al mar. 

Es el mundo del sol de medianoche, de las auroras boreales, de pescadores de bacalao y  pastores de renos. Es un mundo de belleza solitaria e inquietante, de islas desiertas y fiordos que se extienden a lo largo de cientos de kilómetros de costa. Una bombilla encendida y dos caballos en un prado nos indican la presencia humana, pero la sensación de vecindad queda en un segundo plano. 

Los caminos y las carreteras son algo nuevo porque el mar guarda sus propios senderos. Las señoras mayores todavía recuerdan cuando la policía hacía sus rondas semanales en una pequeña barca de remos y los agricultores enseñan orgullosos como las vacas y los terneros subían y bajaban de sus largas canoas como si fueran experimentados deportistas. El país del petróleo y la energía no reniega de su pasado agrícola. Es más, lo recuerda orgulloso para demostrar como la tierra daba sus frutos con una maquinaria primitiva y una climatología endiablada.  Hasta que el frio los anima a protegerse en el bosque, los  renos bajan a la playa para comer los  frutos del bosque. 

En el verano, los cruceros turísticos se asoman por los entrantes atormentados de sus fiordos, pero durante el largo invierno el silencio y la oscuridad se ciernen sobre estas latitudes septentrionales. El “reino” de los sami y de los vikingos se reinventa con sus sagas y leyendas. Historias de rubias princesas que son seducidas por los reflejos dorados de un lago, caballos mágicos que atraviesan bosques y fuegos eternos que  mantienen la vida en los rigores del invierno. 

Nuestro objetivo, más allá del  Círculo Polar Ártico, es todo un recorrido por la vieja carretera que ahora se denomina con un escueto E-6, pero que es conocida por la Autopista Noruega del Ártico. La mayoría de los que habitan en la zona no saben el numero  de la carretera, pero se asombran cuando alguien recorre más de 1.500 kilómetros por encima de la mítica línea de los 66° 33′ de latitud norte, esa línea imaginaria que marca el Círculo Polar Ártico.

Esta carretera tiene una pequeña pero interesante historia detrás. Se podría decir que su existencia data de los años 40 del siglo pasado, cuando por primera vez se pudo realizar un viaje por carretera desde el sur del Círculo Ártico hasta el extremo noreste de Noruega. Aun así, se tenían que coger un mínimo de diez ferrys para cruzar fiordos y demás accidentes de la costa noruega.

Realmente esta carretera es la unión de diversos caminos que unían las pequeñas poblaciones entre sí. Y es que durante siglos el norte de Noruega no tuvo ninguna carretera o camino seguro por la que transitar. La población vivía en lugares costeros, o muy cerca de la costa, y en el mar encontraban todo lo que necesitaban, además de comunicarse con sus vecinos y el resto del mundo a través de sus aguas. 

Poco a poco comenzaron las obras de construcción. Éstas avanzaron lentamente hasta los años 30 en los que se intentó comunicar Mo i Rana con Kirkenes. Las obras no habían terminado todavía pero fueron una de las razones por las que la Alemania Nazi invadió el país. Los alemanes tuvieron acceso a Narvik, un punto estratégico para lanzar ataques aéreos y por mar. 

Esta página de la Autopista está manchada de sangre. Los alemanes, en su esfuerzo por tener una carretera operativa durante todo el año, pusieron a trabajar como esclavos a diferentes prisioneros de guerra importados desde otros países. Todavía hoy diversos monumentos conmemorativos jalonan la carretera recordando estos episodios.

Para los moteros es un recorrido que para los moteros es todo un mito y para nosotros una forma distinta de conocer un mundo que tiene mucho de irreal. La salida desde Mo i Rana tiene algo de punto de escape. Esta localidad es la puerta de entrada al Ártico Noruego, Mo i Rana se encuentra en un extremo del Ranfjord, justo en el lado sur de las montañas Saltfjellet con el glaciar Svartisen, que es el segundo glaciar de Noruega por su tamaño.

Nuestra primera parada al norte del Círculo será Bodo, la ciudad del águila pescadora. Para llegar hasta allí tendremos que dejar por un momento la E-6 en Fauske y viajar durante 63 kilómetros por la Ruta 80 hasta llegar a Bodo y desde allí visitar las islas Lofoten. Durante el viaje hasta Bodo recorreremos los fiordos de Skjerstad y de Salten. La mayor atracción de la ciudad es ver la Maellstrom, la corriente marina más poderosa del mundo, en la que se inspiraron Julio Verne o Edgar Allan Poe para sus narraciones. 

Más al norte nos encontraremos con Olderfjord, donde comienza la Ruta 69 que te lleva directa al Cabo Norte, pero nosotros continuamos por la E6 rumbo a Karasjok, una ciudad que yace a la rivera del río del mismo nombre. Seguimos el viaje hacia nuestro destino final, Kirkenes. 

Hemos atravesado espacios vacíos, lugares en los que sólo habitan pescadores o samis, la naturaleza se ha mostrado en todo su esplendor lo que hace aún más remarcables que el hombre haya conseguido crear esta carretera, una que recorre las entrañas mismas del Ártico, por lugares muchas veces inhóspitos pero siempre sobrecogedores.

Al fin, llegamos a Kirkenes, la Autopista del Ártico ha llegado a su destino. El viaje ha sido de alrededor de 2.000 kms  desde Mo i Rana. Sin lugar a dudas hemos disfrutado una de las grandes carreteras del mundo.  Sin título, sin carnet y sin diploma. Aun así, siempre nos quedará The Artic Highway  a la noruega. 

Pedro Madera

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