domingo, 4 de agosto de 2013

BESPOKE XVII: CALVO DE MORA Y EL ESMOQUIN

Como todos recordaréis los últimos dos artículos que hemos publicado en esta página tenían a unos zapatos opera pumps muy especiales como protagonista. El motivo principal por el que pusimos tanto interés en hacernos con una pieza artesanal tan cuidada era que estuvieran a la altura del esmoquin que sobre ellas iba a descansar. 


Aunque hace ya varios años publicamos un extenso artículo sobre la vestimenta del esmoquin, las diferentes prendas que lo componían y las alternativas entre las que elegir, en esta ocasión, si bien recordaremos alguno los apuntes entonces expuestos, vamos a ir mucho más allá y narraremos el apasionante proceso de confección de un esmoquin 100% bespoke por uno de los sastres más prestigiosos españoles. 


El hecho de que en España cada vez queden menos profesionales de la aguja experimentados y que las generaciones más jóvenes de sastres no tengan la suerte de contar con un número de clientes importante como para perfeccionar la confección de las prendas de etiqueta hace que encontrar ese sastre que nos asegure llevar a buen puerto nuestro esmoquin a medida no sea siempre fácil. 

Por ello cuando se trate de hacernos con un frac, un esmoquin y, aunque en menor medida, también con un chaqué, deberíamos pensar a qué sastre acudir antes de ponernos en manos de uno que no esté suficientemente familiarizado con la realización de estas prendas. 

Nosotros así lo hicimos y creemos por el resultado que no nos equivocamos. Pero preferimos que sean ustedes quienes juzguen al final del artículo. 

Pero antes de que enjuicien si efectivamente acertamos o, por el contrario, erramos en nuestra elección, aprovechemos y recordemos algo de la historia de esta preciosa prenda englobada en sus inicios dentro de la categoría del informal dress y hoy ya por la relajación de las costumbres en la del formal dress

Como recordaran los lectores que más tiempo llevan acompañándonos, ya en su día apuntamos que durante los años de Eduardo VII las casas de la alta burguesía inglesa contaban con habitaciones separadas para las damas y para los caballeros con el objetivo de que estos últimos pudieran retirarse a fumar sin molestar a sus acompañantes femeninas con el humo. Como consideración a aquellas damas que no solían fumar, los caballeros se enfundaban al entrar a la habitación de fumar unas chaquetas conocidas como “chaquetas para fumar” o “smoking jackets” de las que, tras abandonar esta dependencia, se desprendían evitando así  molestar con el olor a tabaco a su entorno. 

Debido al apego que Eduardo VII, Príncipe de Gales e hijo de la Reina Victoria de Inglaterra, cogió a estas chaquetas para fumar mandó en 1860 a la prestigiosa sastrería inglesa Henry Poole & Co. que le confeccionara una smoking jacket para que también la pudiera vestir en sus fiestas informales con sus amigos. 

Aquellas primeras smoking jackets se vestían sobre el resto de la ropa y su uso se reducía a las casas de campo y a los clubs privados que contaban con una dependencia aparte donde además eran custodiadas mientras esperaban a que acudiera nuevamente su propietario a pedirla. 

En la primavera de 1886, el Príncipe de Gales invitó a cazar a su casa de Sandringham al adinerado americano James Potter quien antes de realizar el viaje le preguntó al Príncipe qué atuendo era el más adecuado de vestir durante las cenas. El Príncipe de Gales no dudó en aconsejarle al Sr. Potter visitar Henry Poole & Co. y hacerse con un chaqueta similar a la que vestiría su anfitrión. Cuando el señor Potter regresó a su casa de Nueva York, la chaqueta que con él viajo desde Londres se popularizó muy rápidamente en el Tuxedo Park Club, club de millonarios con aficiones a la caza y a la pesca con sede en el área de Tuxedo, y es por ello por lo que desde entonces se la conoce en Norteamérica con el nombre de tuxedo o simplemente como tux. Su similitud a la chaqueta del esmoquin hizo que la denominación de tuxedo también sirviera para referirse al clásico esmoquin de chaqueta y pantalón. 

En la época Victoriana y en la Eduardina el esmoquin, “dinner jacket” para los británicos, sólo era apropiado para las ocasiones informales. Eran los años en los que el frac era el protagonista de toda reunión de caballeros que se celebrara después de las seis de la tarde y en la cual estuviera presente una dama. Igualmente, en esta época era frecuente que los caballeros tras la jornada de trabajo se desprendieran de la ropa usada durante todo día, al haber estado esta en contacto con el caballo al ser este el modo de transporte de entonces, y se sentaran a cenar con frac. 

En el periodo entre-guerras, el frac empezó a reservarse solo para ocasiones de gran formalidad como bailes o fiestas de recolección de fondos y fue entonces cuando el esmoquin empieza a popularizarse como atuendo para la tarde. Más tarde, en los años cuarenta y cincuenta, el esmoquin se empezó a vestir también para asistir a fiestas formales, cenas o funciones de teatro. Si bien su uso disminuyó en los años sesenta y setenta, en los ochenta resurgió recuperando parte de su esplendor en determinadas zonas geográficas y en ciertos ambientes elitistas. 

Aunque como hemos apuntado al comienzo del artículo, hoy el esmoquin en España es considerado como una prenda formal esto de hacer caso a la definición inglesa del término “formal” no es correcto ya que según el protocolo inglés la formalidad de las prendas la marcan el largo de la chaqueta y por ello solo el chaqué y el frac son considerados como prendas formales. 

No obstante, la relajación de las costumbres ha hecho que con el tiempo el esmoquin, sobre todo después de la época Victoriana, pasara a formar parte del denominado atuendo semi-formal y ya tras la Segunda Guerra Mundial, con la disminución progresiva de su vestimenta ,se empezara a considerar como un atuendo formal. 

Pero volvamos al motivo principal del artículo de este mes y centrémonos en el esmoquin que traemos este mes a nuestra página. Seguramente a algún lector después de la lectura de este artículo le pueda sorprender no ya tanto el esmoquin aquí reflejado sino su particular diseño. Pero esto tiene su explicación. 

Mentiría si no dijera que para mí los esmóquines más elegantes se cosieron en las primeras décadas del S.XX. Y es precisamente por ello por lo que decidimos que queríamos hacer un guiño a esa época y recordar en cierta medida con este esmoquin a los de entonces. Y por ello nos detuvimos un tiempo más que considerable estudiando a conciencia los cortes de los esmóquines de entonces e hicimos lo propio también con todas las prendas y complementos que acompañaban por entonces a aquellos. 

No obstante, también nos planteamos como objetivo importante dejar nuestro sello en este esmoquin e introducirle algún detalle que le aportara personalidad al conjunto y nos recordara que este, y no ninguno otro, era nuestro esmoquin. 

El primer reto al que nos enfrentamos era dar con ese sastre capaz de entender exactamente lo que buscábamos y que no solo lo entendiera sino que además fuera capaz de llevarlo a la práctica. Para ello repasamos las fotos de los personajes públicos españoles que visten de esmoquin y tras seleccionar los dos esmóquines que más no gustaban investigamos qué aguja estaba detrás de ellos y para nuestra suerte el mismo nombre se repetía en ambos: Manuel Calvo de Mora. 

Si bien mi relación antes de empezar este artículo con D. Manuel se reducía a haber coincidido con él en la presentación de mi libro “El Manual del Perfecto Caballero” y de la película O´mast, con sus hijos Alberto y Cesar sí había tenido algo más de contacto al haber asistido ambos a diferentes eventos del Club Privado de El Aristócrata. 

Por ello antes de llamar al timbre de Ayala 10 hablé con Alberto para contarle lo que tenía en mente y ver si me idea de esmoquin se podía llevar a la práctica. Tras varias visitas a su sastrería y después de ver cómo un día hacían una inverter cape (abrigo utilizado en actividades cinegéticas donde los brazos pueden quedar ocultos o, por el contrario, libres para disparar y que fue popularizado por el detective Sherlock Holmes), otro unos brichi, y otro un abrigo de pelo de camello con las costuras a mano vistas, me di cuenta que seguramente mi petición sería una de las más sencillas que recibiría esa casa. 

Para los que no le conozcan decir que Manuel Calvo de Mora es natural de Badajoz y que le salieron los dientes en la sastrería de su padre donde desde niño jugaba con las oficialas del taller recortando retales o jugando con la caja de los botones. Hoy con sesenta y dos años recuerda con cariño el tiempo que pasó en la sastrería de su padre. Y fueron precisamente esos años los que le dan la base principal del oficio de sastre. 

Manuel, consciente de la importancia que una técnica depurada tiene en la sastrería, no se conforma y decide apuntarse a la Escuela Superior de Sastrería La Confianza para perfeccionar y afinar su técnica. Debido a sus ya amplios conocimientos de corte se matricula en un curso avanzado de solo nueve meses. 

El curso de D. Manuel dirigido exclusivamente a cincuenta estudiantes con experiencia demostrable en el oficio de sastre le vale a D. Manuel para darse cuenta de su gran talento cuando a la terminación del mismo le conceden la Tijera de Honor como mejor alumno de su promoción. 

Este importante hito en su carrera profesional no pasa inadvertido entre los mejores sastres del momento y su distinción le sirve para que el Sr. Moisés Córdoba, toda una institución en aquella época, le ofrezca un puesto de ayudante cortador y se una a él. Desde ese momento trabaja con unos cuantos años con D. Moisés Córdoba “degustando su buen hacer en la sastrería así como disfrutando de su personalidad amena, divertida, interesante, exquisita y cuantas cosas más….”. Además de aprender de sastrería aprende de él algo que para D. Manuel es muy importante: “saber estar y lo que significa ser todo un caballero. Que Dios tenga en su Gloria a aquel gran caballero”. 

Una de las cosas por las que él mismo nos cuenta siempre luchó cuando trabajaba para otros era por tener un trato directo con el cliente y no limitarse a trabajar las prendas tal y como entraban por el taller. Para Manuel, el conocer al cliente, asesorarle sobre las diferentes telas, los tipos de corte etc. es de extrema importancia para poder luego transmitir a la prenda el aire del cliente. Igualmente, nos cuenta que siempre ha insistido en la importancia de que el sastre que esté trabajando sobre una prenda acompañe al dueño de esta también en el proceso de toma de medidas y sobre todo en la pruebas. Solo así puede luego trabajar en la prenda con precisión milimétrica y visualizando a su cliente con ella puesta. 

Pero su inquietud por la profesión, y no por ello sin pesar, le anima a seguir dando sus pasos y perfeccionar una faceta que para D. Manuel es fundamental: el contacto con el cliente. Dicho contacto se producirá por primera vez con veinticuatro años edad en la que ya toma a ese cliente medidas, le hace los patrones, le corta el traje, le prueba, le afina etc. 

Nos comenta que todavía recuerda aquella ansiedad esperando que el taller le terminara esa primera prenda que había hecho en su totalidad. Según sus palabras “fue emocionante ver esa obra terminada”. El hecho de que le gustara pero que no le convenciera del todo hizo que se diera cuenta de las consecuencias que le traería el ser tan perfeccionista aunque también le hizo empezar a sentirse sastre. Es precisamente esa perfección la que le hace sufrir mucho la profesión pero también hoy ya con sesenta y dos años esa perfección hace que la disfrute enormemente y la ame cada día más. 

Recuerda con nostalgia ese tiempo , tiempo donde trabajaba mucho el frac, ya que si bien reconoce que el frac es una prenda que si se hace con cariño y a conciencia su confección resulta muy complicada también según sus propias palabras “es la prenda más apasionante sobre la que un sastre puede trabajar”. 

En su andadura conoció a un cliente muy variopinto así como a uno de sus grandes maestros: la mujer. Como nos explica, “vestir a la mujer como sastre y no como diseñador representa todo un reto ya que sus curvas dificultan enormemente nuestro trabajo. Las horas de trabajo que hay que emplear para conseguir una buena hechura y una buena terminación son muchas más y los resultados no siempre son los deseados por lo que no son pocas las veces en que hay que empezar nuevamente la prenda para conseguir el resultado perseguido”. 

Resulta curioso que mientras hablamos de la calidad de la mano de obra española si bien admite que es de gran nivel y que es siempre importante nos comenta que en donde más debemos fijarnos es en el estilo de la prenda. Para él de nada sirve que un sastre tenga gran destreza con la aguja si luego la prenda no transmite o sencillamente deja indiferente a quien a su paso se cruza con ella. Si la prenda no tiene ese “algo” poco importa que tenga un doble picado o un ojal de bella factura. Y ese “algo”, en su opinión, se ve mejor a cinco metros de distancia que a cinco centímetros. 

Y es precisamente el estilo lo que para él es el reto de la sastrería española ya que según su opinión muchos sastres españoles no se dan cuenta del todo de que la sastrería de hoy tiene poco que ver con la de hace veinte años y siguen trabajando prácticamente como lo hacían entonces. 

Mientras seguimos hablando con él nos comenta que poco favor hacen gran parte de nuestros personajes públicos más conocidos a la sastrería nacional ya que según D. Manuel sus trajes son sosos y carentes de todo tipo de “duende”. 

Esta conversación nos lleva sin quererlo a preguntarle quienes son o han sido los sastres españoles que han conseguido transmitir ese algo especial a sus creaciones. De su boca solo salen los nombres de Antonio Collado y los hermanos Mogrovejo. Afirma igualmente, sin atisbo de duda, que hoy la alta sastrería en España está prácticamente en su totalidad de Madrid. 

Tras este paréntesis en la narración de su vida profesional nos cuenta que en el año 99 ocurre un hito que le hace cambiar el plan de carrera que se había trazado. Su hijo Alberto Manuel le comunica que quiere seguir sus pasos y D. Manuel decide que si esto es verdaderamente lo que le gusta por qué no darle la oportunidad que un día a él también le dio su padre. Al poco tiempo también Cesar decide que quiere ser sastre y no duda en pedirle a su padre que le enseñe todo lo que él sabe.

Toda esta conversación transcurre por las dependencias de la sastrería de Ayala mientras despide a un cliente y deja las pruebas en el taller para que las oficialas puedan avanzar cuando lleguen al día siguiente a la mañana. 

El interior de la sastrería Calvo de Mora tiene un marcado estilo inglés en lo que se refiere al mobiliario y a la propia disposición de la misma. Tres mesas de cortado presiden el gran salón central y acompañan a una enorme estantería de roble donde podemos ver las telas de temporada más demandadas. La gran luminosidad natural del salón, debido a ser toda la sastrería exterior con cuatro grandes ventanales, permite apreciar los colores reales de todos los muestrarios sin necesidad de salir a la calle. 

Este gran salón desemboca en un largo pasillo a lo largo del cual nos encontramos con un probador, francamente amplio, con una mesa y varias sillas donde poder sentarse los acompañantes. Conforme seguimos caminando por el pasillo también encontramos un despacho con una librería repleta de libros de sastrería y que además sirve a Alberto y Cesar para en su tiempo libre navegar por internet y estar al día de las tendencias de sastrería de otros países y compañeros. 

No obstante, para mí la habitación con más encanto no es esta sino otra en la que se encuentran los patrones ordenadamente colgados y archivados. Esa caja fuerte donde se guarda el tesoro de la casa. 

Por último, al fondo del pasillo podemos ver la sala de máquinas responsable de todas y cada una de las prendas que salen por la puerta de esta sastrería. Nuestra presencia saca de su letargo a los oficiales y nuestros pasos rompen ese silencio tan propio de las sastrerías artesanales donde solo el sonido lejano de una radio es el encargado de recordarte que allí, aunque no lo parezca, hay vida. 

Cuando preguntamos a D. Manuel qué es lo que diferencia su sastrería de otras de prestigio más que intentar dar con esas diferencias nos cuenta que para él para que alguien pueda autodenominarse sastre tiene que saber coser y que, sin embargo, hay sastres en España, y algunos de ellos muy conocidos, que se autoproclaman como tales y no saben coser. Con varios ejemplos de cortes de un frac, unos brichis, una calzona, una gabardina y el abrigo-capa conocido como inverter cape del que antes hablábamos nos sigue contando que en su sastrería se trabajan todo tipo de prendas con la misma sencillez y frecuencia que en otras se realizan una chaqueta y que esa es sin duda una de las característica diferenciadoras de su sastrería. 

Como cabía de esperar y aunque es de dominio público los nombres de muchos de sus clientes, D. Manuel prefiere no confirmarlos y se limita a decirnos que para él los dos caballeros más elegantes de España son D. Jaime de Marichalar y D. Juan Abelló aunque como también apunta hay muchas personas desconocidas que podrían completar perfectamente esta escueta lista. 

Del panorama internacional tampoco nos da muchos nombres y por ello le pregunto por quien yo considero uno de las personas más elegantes en vida, el Príncipe Carlos. D. Manuel me comenta que para él es una persona sobria y poca innovadora pero que lo considera un referente para todos en el vestir. Termina su reflexión sobre él apuntándonos que habría que tener un conocimiento tan basto sobre el vestir como el que tiene el Príncipe Carlos para con semejante base poder innovar sin olvidar los principios del buen vestir. 

Gran apasionado de la caza, afirma que al igual que en la caza hay muchas formas de abatir una pieza solo los mejores cazadores lo hacen dándole en el punto correcto. Y en la sastrería ocurre lo mismo. Un sencillo pantalón cualquier persona con un mínimo de conocimiento lo puede hacer pero solo un buen sastre lo confeccionará haciendo que parezca que tiene vida. 

Y se vale de su otra gran afición, el flamenco, para explicarnos lo que hay que sentir para conseguir darle esa vida a ese trozo de tela y que se convierta en una chaqueta, un abrigo o una smoking jacket capaz de transmitir emociones. Cuando escucha flamenco no puede resistir que una cascada de sentimientos le embarguen, le emocionen y le transporten fuera de este mundo. Según D. Manuel si un sastre no está en ese otro “mundo” cuando está con una prenda entre sus manos esta nacerá ya muerta y nunca podrá recobrar la vida. 

Al preguntarle sobre cómo ha evolucionado la sastrería en nuestro país nos comenta que la evolución de la misma la ve paralela a la evolución que han tenido los gustos de los clientes. Así pues, nos cuenta que su cliente poco tiene que ver con el que trató, por ejemplo, en sus primeros años de sastre. “Hoy el cliente es mucho más joven y entendido debido, entre otras cosas, a páginas como la tuya. Además es un cliente que sabe lo que quiere y que en muchos casos ha pasado antes por las grandes marcas de confección y ahora sus preferencias y conocimiento han evolucionado e identifica la sastrería a medida como lo verdaderamente exclusivo en cuanto no ya solo estatus sino también en cuanto a calidad, personalización, terminación y materiales”. 

“Esta evolución en los gustos del cliente obliga al sastre también a evolucionar con ellos y tener que estar siempre al día”. Y esto es lo que hace reafirmarse a D. Manuel en su idea de que no tiene sentido seguir trabajando en España como se hacía hace veinte años si el cliente hoy nada tiene que ver con el de entonces. Por ello ve de extremada importancia conocer muy bien lo que se está haciendo fuera y olvidarse de eso que dicen muchos de sus compañeros de que los sastres españoles son tan buenos como los mejores. Y es igual de importante acercarse a los compañeros extranjeros con ganas de aprender de su forma de trabajar. Igualmente, considera que ha llegado la hora de que el sastre amplíe sus horizontes y empiece a dominar los idiomas para poder atender a los clientes extranjeros. 

Esa amplitud de miras se debe materializar también profundizando en la mejora de las relaciones sociales las cuales considera fundamentales para poder entablar una relación cercana con los clientes; habilidades que como recuerda hicieron en gran medida de los hermanos Mogrovejo los sastres referentes de su época. 

Hacemos un paréntesis en nuestra apasionante charla para escoger la tela con la que se confeccionará el esmoquin. A pesar de tocar y estudiar las composiciones y los pesos de prácticamente todos los muestrarios de las casas de renombre que ofrecen tejidos para esta prenda, D. Manuel nos pide que nos dejemos llevar por su experiencia y que escojamos el de la casa italiana Drapers. Es precisamente esa experiencia la que le ha demostrado a lo largo de los años que su tela Bingley de su muestrario de ceremonia es de las que mejor aguantan el paso de los años y de las que mejor quedan con luz artificial. 

La casa Drapers fue fundada en todo el centro de Bolonia por el señor Arturo Lolli en 1956 quien hasta entonces era uno de los más importantes colaboradores de las principales casas de telas del país. Y desde ese año Drapers se convirtió en una de las marcas del sector destacando no solo por su enorme oferta de tejidos sino también por tener una de las relaciones calidad-precio más interesantes del mercado. 

En el año 1966, el hijo más joven del señor Lolli, Domenico, decide unirse a su padre especializándose en el estudio y la selección de tejidos al mismo tiempo que se hace cargo de las relaciones con los clientes y de la logística del negocio. 

El éxito de la casa Drapers les obliga a abandonar la que había sido su sede durante cincuenta años y en el año 2006, Drapers se traslada a una zona más comercial; concretamente a la Via Bonvicini. 

A pesar del elevado número de terminaciones por las que se puede optar en un esmoquin, en lo que no caben muchas opciones es en el color del conjunto. Este deberá ser o bien negro o bien del color conocido como “azul medianoche”; un azul marino muy oscuro que podría pasar perfectamente por negro pero que frente a luz artificial evita los brillos y da la impresión de ser de un negro muy puro. 

Escogiendo un esmoquin negro nunca nos equivocaremos. No obstante, el azul medianoche o “midnight blue”, por su óptimo tratamiento de la luz artificial, resulta incluso más elegante y es muy parecido al negro (de no sobreponer el azul medianoche al negro resultaría difícil decir que es azul y no negro). Y hay que reconocer que el medianoche de Drapers bajo los focos conseguía un efecto de lo más interesante. 

Una vez escogido el tejido le expliqué a D. Manuel mi idea de hacerme un esmoquin clásico sin concesiones a las tendencias que hoy nos intentan imponer diseñadores y no pocos personajes públicos. Por ello, le pido que intentemos ser lo más fieles posibles a esos esmóquines que vestían tan acertadamente los actores de la gran pantalla de los años treinta sin importar que este tipo de corte no se acostumbre a ver hoy. 

Los que me habéis seguido allá donde he escrito seguro me habréis escuchado alguna vez decir que las prendas clásicas como el frac, el esmoquin o el chaqué son bellas tal y como se crearon y que todavía no he conocido ningún “revival” de estas prendas que haya mejorado el diseño original. 

Una vez escogida la tela lo siguiente que tocaba decidir era si la chaqueta la haríamos cruzada o de hilera sencilla. A pesar de que la chaqueta cruzada me parece siempre más elegante que la chaqueta sencilla, en el esmoquin la chaqueta cruzada da como resultado un esmoquin menos formal ya que al permanecer siempre abotonada, no se acompaña ni de fajín ni de chaleco. Y por ello, y a pesar de mi predilección por las chaquetas cruzadas, me dejé llevar por las costumbres de los caballeros de entonces y optamos por la seriedad, y también la elegancia del conjunto de chaqueta de hilera sencilla y chaleco. 

La elección de la terminación de las solapas resultó, por el contrario, mucho más sencilla ya que solo su terminación en punta combinaba con mi idea de esmoquin. Si bien las solapas pueden terminar, tanto en las chaquetas de hilera sencilla como en las cruzadas, en punta o con forma redonda, la terminación de las solapas en pico se considera más formal al asemejarse estas a las de su “hermano mayor”, el frac. Por el contrario, la terminación redondeada de las solapas es menos formal al derivar directamente de la chaqueta de fumar. Es precisamente esta distinción la que explica por qué para la chaqueta de esmoquin de color blanco, la cual se viste en actos más informales, la terminación redondeada es la más adecuada. Además de escoger chaleco como nosotros hicimos, y no fajín, las solapas en punta resultan más armoniosas en el conjunto final. 

El tejido de las solapas deberá ser seda. La terminación de la seda puede ser de raso o de gorgorán. Si la chaqueta cuenta con solapas que terminan en punta el remate en gorgorán resulta más elegante y consecuentemente así procedimos en nuestra elección. 

Aunque tanto el chaleco como el fajín son opciones perfectamente válidas, la vestimenta de un chaleco, desde mi punto de vista, resulta más formal y el esmoquin final más sobrio. 

El uso ya sea bien de un fajín o de un chaleco con la chaqueta de hilera sencilla, por más que se empeñen los nuevos astros de la gran pantalla en negarlo, es de todo punto obligatorio. Escogiendo una u otra opción se eludirá mostrar la cintura del pantalón evitando, igualmente, que se produzca un gran salto visual brusco entre el negro del pantalón y el blanco de la camisa. 

El chaleco podrá ser de hilera sencilla o cruzado y el tejido de sus solapas será del mismo material que el resto del esmoquin o, en su caso, totalmente de seda. Nosotros nos decantamos por un chaleco muy popular en los años treinta y cuarenta de hilera sencilla, solapas redondeadas en el mismo tipo de tejido que el cuerpo principal y con las vistas cosidas seda; algo esto último que requiere de una gran pericia con la aguja y de lo que se encarga siempre César.

Si bien hoy está admitido tanto el uso del chaleco como el del fajín esto no siempre ha sido así. Hasta los años treinta, el chaleco era la prenda escogida por los caballeros para acompañar a su chaqueta. En aquellos años el fajín sólo era admitido para vestirse con los esmóquines de chaqueta blanca y era considerado mucho más informal que el chaleco. Habrá que esperar hasta los años cincuenta para ver al fajín acompañar también a las chaquetas de color negro. 

Dicho esto, también hay que tener en cuenta que es más correcto decantarse por un chaleco si las solapas de la chaqueta terminan en punta; si por el contrario éstas terminarán en forma redondeada, el fajín consigue un esmoquin más armonioso. Ni que decir tiene que de haber escogido un esmoquin cruzado, obviamente, ninguna de estas dos prendas, ni chaleco ni fajín, serían ni necesarias ni aconsejables. 

Al chaleco se le debería prestar una atención mucho mayor de lo que se hace en la actualidad. Si tenemos en cuenta que uno de los motivos por los que vamos a elegir una chaqueta de hilera sencilla es para aprovecharnos de que el protocolo de la prenda permite llevarla abierta si se acompaña de un fajín o de un chaleco, parece lógico que ese chaleco que va a quedar tan visible al exterior pueda presumir de una gran terminación. 

Una de las particularidades de los primeros chalecos de esmoquin era que independientemente de que la chaqueta contara con solapas en punta las del chaleco lo hacían en forma redondeada. Esto era debido a que los libros de sastrería consideraban a los chalecos de esmoquin con solapas en punta de “fantasía” y solo consideraban apta a la terminación chata para acompañar a la chaqueta de esmoquin de solapas de punta. Aunque hoy se pueden encontrar chalecos de esmoquin terminando sus solapas también en punta de querer ser lo más puristas posible deberíamos decantarnos por solapas redondeadas o lo que es mucho mejor por un chaleco estrictamente diseñado para el esmoquin como el que aparece en las fotos. 

Antiguamente no era bien visto llevar reloj alguno con el esmoquin ya que las ocasiones en las que se utilizaba eran puramente lúdicas y no había necesidad de prestar atención la hora. De llevarlo nada mejor que, al igual que deberíamos hacer con el chaqué y el frac, escoger un reloj de bolsillo. Ni que decir tiene que de no ser posible, siempre resultará más estético decantarse por uno de pulsera con brazalete de piel que hacerlo por uno ostentoso o de brazalete de metal. Como amante de los relojes de bolsillo le pedí a D. Manuel que se asegurase que nuestro reloj de bolsillo entrara sin problemas y quedara oculto y protegido en toda su totalidad. 

Aunque como decimos, las interpretaciones que hoy se hacen del esmoquin son "sorprendentemente" de lo más diversas, la chaqueta no bería tener nunca aberturas traseras. Igualmente, y a pesar de que lo que se pueda ver hoy, la chaqueta del esmoquin contará con solo un botón en su parte frontal el cual, de estar forrado, lo deberá estar del mismo tejido y color que las solapas. Nosotros por el contrario, preferimos tras estudiar diversos tipos de botones con Alberto optar por un tipo de botón negro de corozo chatos en su parte exterior francamente especial. 

Los pantalones, también en contra de lo que empieza a ser demasiado frecuente, tienen sí o sí que llevar raya. Como se aprecia en las fotos, no se deberá ver la cintura del pantalón al quedar oculta tras el chaleco como tampoco sus costuras laterales al quedar también ocultas tras la galón de seda que recorre la totalidad de la costura. 

El diseño del pantalón apenas nos llevó trabajo ya que el uso de tirantes y el de botones en la bragueta nos parecía lo únicamente adecuado. Igualmente, si bien se puede jugar con el diámetro de la boca del pantalón de los conjuntos informales de corbata, hacer lo propio con los de las prendas formales, en mi opinión, no mejora el aspecto estético de la prenda. 

En definitiva, el pantalón del esmoquin en su diseño es bastante estándar por lo que de optar como nosotros hicimos por un corte clásico no deberíamos encontrarnos con grandes incógnitas. Quizás solo apuntar que optamos por una pinza inglesa para remarcar el origen británico de la prenda. 

Los innumerables beneficios estéticos que aporta el uso de tirantes hacen que éstos sean más que recomendables con la vestimenta de un esmoquin. Los tirantes más allá de su función estética son necesarios si se quiere mantener el pantalón en su sitio sin dejar en ningún momento que éste asome por debajo del chaleco o del fajín. Aunque su color resulta irrelevante al no verse, estos deberían ser blancos o negros, o, en su defecto, de alguna combinación de los dos. La principal diferencia con los tirantes estándar es que las lazaderas que los unen a los botones del pantalón son de seda. 

Una vez decididos el corte de nuestro esmoquin pasamos al probador a que nos tomaran medidas. En dicha toma de medidas acompañan a D. Manuel tanto Cesar como Alberto quienes además de apuntar las medidas que les va diciendo su padre comentan con él casi en clave de morse lo que yo intuí debían ser esas particularidades que hicieron que nunca nadie me descubriera para pasear la última colección de ropa interior de Giorgio Armani. 

Una de las cosas que me llamó la atención es que si bien no las conté, el número de medidas que se tomaron fueron bastantes más a las que estaba acostumbrado. Igualmente, otra cosa que me sorprendió fue el tiempo que D. Manuel pasó estudiando los huesos del hombro y su fisionomía. 

Normalmente la toma de medidas del pantalón se realiza de forma rápida dando la sensación de que es la parte del conjunto menos importante o si no, sí la más fácil de todas. Aunque mentiría si dijera que al estudio de las extremidades inferiores se le dedicó el mismo tiempo que a la parte del torso, sí se pasó un tiempo bastante prudencial estudiando partes como la transición del muslo a la rodilla o el salto de la rodilla al gemelo ya que estos suelen ser puntos críticos, más en mi caso al ser mi muslo y mi gemelo bastantes marcados por la práctica regular de deporte. 

Como más tarde nos apuntó D. Manuel, el estudio del cliente dentro del probador es básico para dar con las medidas exactas pero el estudio de ese cliente fuera de la sastrería es todavía más importante para dar con su estilo y conocer lo que verdaderamente está buscando. No son pocos los señores que se visten de sastre que por vergüenza o por pensar que pueden estar equivocados le piden al sastre algo que no es exactamente lo que les está dictando su interior. 

Quizás sea este el motivo por el que D. Manuel mientras te entretiene con una conversación sobre cualquier tema de actualidad no deja disimuladamente de observarte para hacerse una idea ya no de las medidas de cada extremidad sino del físico en global y de lo que es más importante, del aire de todo el conjunto. 

Igualmente, es en la toma de medidas donde el cliente debe decirle al sastre no ya solo si le gusta una boca de pantalón más o menos estrecha sino el aire que le gustaría que tuviese su traje. Y esto es de una enorme importancia ya que cuando el cliente acude a la primera prueba si bien todavía a esta se puede modificar el aire adoptado por la prenda ya será difícil de cambiarlo. De ahí que siempre se diga que tanto la conversación inicial con el sastre escogiendo el corte de la prenda como la toma de medidas son las fases claves del proceso de construcción; fases incluso más importantes que esa primera prueba donde el cliente es solo un mero espectador. 

Quizás por ello, tras terminar la toma de medidas continuamos los cuatro la conversación en un bar cercano. Conversación donde la gran parte del tiempo la pasamos hablando de temas relacionados con este apasionante mundo pero dejando de lado totalmente el esmoquin sobre el que estábamos trabajando. Conforme pasaban los minutos y la relación sastre-cliente empezaba a quedar en un segundo plano otros temas como el flamenco, los caballos o mi querida África se erigían como los protagonistas de nuestra charla. Esto también me dio la oportunidad de enseñar a Alberto fotos guardadas en el móvil de ojales milaneses, abrigos, diferentes tipos de hombros y como no fotos de esmóquines que me había ido bajando días antes para poderles decir exactamente lo que quería. Mientras que para mí esas fotos de esmóquines eran solo eso fotos, D. Manuel nos explicaba por qué el esmoquin de Fred Astaire era totalmente diferente al de Cary Grant o por qué el Príncipe Carlos siempre viste de cruzado incluso cuando lo hace de esmoquin. 

Qué duda cabe que esas fotos de esmóquines que yo le iba enseñando tanto a D. Manuel como a Alberto y a Cesar les estaban sirviendo para hacerse una idea más clara del tipo de prenda que verdaderamente estaba buscando. 

Con las medidas ya tomadas es el momento de empezar a trabajar en el patrón. La realización de patrón en la sastrería Calvo de Mora es siempre obligatorio y se trate del cliente que se trate o sea la prenda que sea, siempre, sin excepciones, se realiza un patrón. 

Lo primero que nos llama la atención cuando empiezan a trabajar en él es que a diferencia de la mayoría de las sastrerías donde el patrón se realiza en papel de estraza aquí se hace en liselina. Esto es así porque los extremos del patrón de liselina con el paso del tiempo no se deforman ni se estropean como sí ocurre con los patrones realizados con papel de estraza. 

Mientras D. Manuel trabaja en el patrón aprovechamos para conectarnos a internet con Alberto y César y consultar diferentes páginas extranjeras y comentar prendas y cortes realizadas por medio mundo. Que la sastrería ha cambiado y evolucionado es un hecho. Y es un hecho no solo en cuanto al tipo de telas, cortes o incluso perfiles de clientes; sino también en cuanto a lo que la relación sastre-cliente se trata. Así, por ejemplo, Alberto me mantuvo en todo momento informado del estado en el que se encontraba el esmoquin a través de fotos y videos. Debo reconocer que hace mucha ilusión recibir esa primera foto y ver tus patrones y tu nombre sobre ellos. 

Teniendo en cuenta las dimensiones de los talleres y las personas que allí trabajan, de ser cierto el número de trajes que dicen hacer al año ciertas sastrerías inglesas e italianas debemos afirmar que es sencillamente imposible que esos trajes se hagan de principio a fin bajo solo el techo de esa sastrería. Al final todo sastre u oficial tiene dos manos y los días tienen para todos veinte cuatro horas por lo que o bien externalizan una parte del trabajo o bien no hacen tantos trajes como dicen hacer. 

Al contrario de lo que ocurre en muchas sastrerías de renombre de estos países, más de las que muchos se piensan, en las sastrerías de prestigio españolas, y la sastrería Calvo de Mora es un claro ejemplo de ello, se hace la totalidad de la prenda, lo que incluye también los pantalones, no externalizando nada fuera. 

Si hemos hecho nuestro trabajo explicando el tipo de prenda que queríamos y hemos sabido definir el tipo de corte deseado, en la primera prueba, prueba que como hemos apuntado en varias ocasiones no es para el cliente sino para el sastre, lo mejor que podemos hacer es relajarnos y dejar al sastre hacer su trabajo. En todo caso todo lo que deberíamos hacer es limitarnos a preguntar cuándo estará lista la segunda prueba donde ya si nuestra opinión será tenida en cuenta y nuestras preguntas respondidas. 

D. Manuel trabaja en los retoques solo sobre el lado izquierdo de la prenda, algo que ya te indica que estás en manos de un experimentado profesional. Si bien hay sastres que prefieren trabajar sobre los dos para así “cuadrar” más fácilmente toda la prenda, el marcar los retoques solo sobre el lado izquierdo es la práctica que se sigue en la alta sastrería. No obstante, cuando acudamos a la siguiente prueba veremos que tanto la parte izquierda como la derecha han sufrido las modificaciones oportunas. 

El habernos decantado por un chaleco y no un fajín, opción la primera que como he apuntado a mí me resulta más formal, obliga al sastre a asegurarse desde esta primera prueba de que las medidas de dicho chaleco son las adecuadas para no asomar sus solapas por la chaqueta y para que termine su largo en la cintura y no asome de permanecer cerrada la chaqueta. 

Es curioso observar como incluso en eventos de la Nobleza donde se viste de esmoquin no son pocos los que ni llevan fajín ni chaleco y en bastantes casos de llevarlo sobresale llamativamente por debajo de la chaqueta de estar esta abotonada. Y todavía es menos vistoso ver como casi siempre los mismos personajes cuando visten de frac el chaleco blanco sobresale de manera visible por debajo de los frontales de la levita. 

El chaleco es otra de las prendas a las que se presta poca atención por pensar que su construcción no entraña mayor dificultad. Si bien obviamente es más sencilla que la de la chaqueta, puede, como creo que es en este caso, realzar acertadamente todo el conjunto. Este esmoquin adquiriría un aire totalmente diferente de haber escogido un fajín o cualquier otro tipo de chaleco. Creo que el que D. Manuel captara perfectamente el aire que le quería imprimir a todo el conjunto me ayudó a dejarme llevar por su consejo a la hora de escoger este chaleco. Y desde mi punto de vista el resultado artesanal y visual del mismo no podría haber sido mejor. 

El coser las vistas de seda en el borde del chaleco requiere de una gran habilidad ya que se cuenta con muy poco espacio del que ayudarse y si se quiere que estén cosidas a mano como es este caso hay que afinar mucho cada puntada para que quede sin arrugas y en línea recta. De la totalidad de este proceso se encarga Cesar. 

Al chaleco también se le cosieron unos pequeños pasadores donde abotonar los botones cosidos para tal propósito al pantalón. De esta manera nos aseguramos que aun cuando nos movamos como el mismísimo Fred Astaire nuestra la cintura de nuestro pantalón quedará siempre oculta tras el chaleco. 

Una de las ventajas de que la responsabilidad del traje final se la repartan entre D. Manuel, Alberto y Cesar es que sean seis ojos los que vigilen que todo salga conforme al deseo de la casa. Mientras D. Manuel marca la prueba, Cesar pasa esos cambios a la ficha del cliente y posteriormente al patrón y Alberto vigila desde un par de metros de distancia el que a nadie se le ha pasado nada por alto. 

La proximidad y la amistad que me une a Alberto y Cesar relaja ese largo silencio que se produce mientras D. Manuel repasa una y otra vez en el probador las tres prendas del esmoquin. Si bien hay sastres que mientras marcan con la tiza los posibles ajustes charlan con el cliente, D. Manuel parece abstraerse de este mundo y a penas emana un par de sonrisas hasta que todo queda a su gusto. Sus hijos conocedores de que este silencio puede llegar a ser sobrecogedor rompen esa posible tensión distrayéndote con temas muy cercanos hasta que por fin de la boca de su padre sale la ansiada palabra: “listo”. 

Aparte de esta enorme atención al detalle en esta primera prueba hay, otras dos particularidades que forman parte del sello de la casa. Una, el exhaustivo estudio del área que forma la sisa y el hombro y otra, y a diferencia de lo que ocurre en otras sastrerías, es que en esta primera prueba también se prueba el pantalón. 

Para D. Manuel si bien hay muchas puntos que tener en cuenta a la hora de confeccionar un traje a medida es la sisa, una sisa muy alta, la responsable final tanto del confort como del aire final de la chaqueta. 

Respecto a la preferencia de probar en la primera prueba también el pantalón, D. Manuel nos apunta que esto él lo necesita para empezar a hacerse la idea final del traje; algo que dice sería imposible de probar el pantalón una vez que la chaqueta está ya prácticamente terminada ya que condicionarías luego el corte y las medidas tanto del chaleco como del pantalón a esa chaqueta al no poder hacer cambios ya en ella. 

En la primera prueba ya observamos que las costuras laterales del pantalón no son visibles al contar con la galón de seda tras las que se esconden. Los bolsillos aparecen en forma vertical y se cosen paralelos a la costura de seda. Ni que decir tiene que el pantalón se nos entrega en la prueba sin vuelta ya que por el grado de formalidad del esmoquin esta prenda no admite vuelta. 

Terminada la primera prueba te citan para la segunda; cita que no debería sorprendernos si se demora varias semanas más de lo que esperaríamos pero que obedece a la meticulosa forma de trabajar “in-house” de la casa. Además uno de los errores que cometemos mucha gente que vestimos a medida es pensar en hacernos, por ejemplo, con un nuevo abrigo cuando el invierno ya ha entrado de pleno o con un traje de lino cuando el aire acondicionado del coche ya trabaja a pleno rendimiento. Desgraciadamente los talleres de sastrería no se pueden reforzar como los comercios en Navidades y los plazos de entrega en las fechas de más trabajo se demoran considerablemente. 

Como hemos dicho en varias ocasiones septiembre-octubre son los meses ideales para organizar y completar lo que será nuestro armario de invierno y el mes de marzo-abril lo que debería ser el de verano. Si fuéramos conscientes de ello, no nos encontraríamos luego con sorpresas desagradables. El ver con Alberto varios muestrarios, cortes de cachemira y de pelo de camello, a pesar de las altas temperaturas de Madrid, dejaba claro que hay clientes que sí son previsores. 

El contar con savia nueva en nuestras sastrerías tiene múltiples ventajas. En primer lugar la comunicación es mucho más sencilla y sobre todo más cercana. Uno de las críticas más frecuentes que se hace a la sastrería española desde fuera de nuestras fronteras es que de nada sirve que tenga una gran calidad en su mano de obra si luego el producto final está trasnochado o muy alejado de las corrientes actuales. 

Algo tan sencillo como conseguir un corte con un diámetro menor de boca de pantalón o unas solapas más anchas y altas será mucho más fácil de conseguir si quien nos atiende es un sastre joven. Si bien yo soy de la opinión de que cambiar el corte de un esmoquin en pos de unas medidas más “modernas” solo puede traernos peores resultado, sí pienso que carece de sentido mantener los cortes de los trajes estándares de aquella época y habría que apostar por ese “clásico reinventado” del que tanto hablan las campañas de marketing. 

Por ello, el contar con la presencia de Alberto y Cesar es de gran ayuda para los clientes más jóvenes ya que ambos convencerán a su padre de que lo que buscamos si bien puede ser diferente a lo que demandan sus clientes de toda la vida es lo que a nosotros nos gusta y lo que queremos. Igualmente, es la juventud de ambos la que hace que te aconsejen telas mucho más actuales y cortes desestructurados alejados de los más conservadores. 

En la segunda prueba, ya nos podemos hacernos una idea clara de lo que va a ser nuestro esmoquin. Si bien el hilvanado sigue en la chaqueta y en el chaleco, las vistas quedan “limpias”. Además el ver las solapas algo más terminadas nos da ya una idea muy próxima de lo que será la prenda final. 

En el cuello de la chaqueta podemos observar un tipo de entretela más rígida, concretamente el fieltro y la entretela, que sirven para que cuando se planche el cuello este mantenga la forma. Justo por encima de este cuello vemos la tapa. 

Para esta prueba D. Manuel nos recomienda que nos llevamos la camisa tipo que vestiríamos con el esmoquin para acertar lo más posible con la altura del cuello de la chaqueta así como con otros detalles como el largo de la manga o la colocación exacta de ese botón interior que une el pantalón con el lazo de la camisa. 

Como hemos comentado al principio del artículo, queríamos hacernos con un esmoquin con claros guiños a los que se cosían a comienzos del S.XX pero que también tuviera algún detalle que me recordara que ese era mi esmoquin y no el de alguien más. 

Para cumplir con nuestro primer objetivo decidimos incorporar detalles de aquella época como el uso del chaleco, la terminación de las solapas en punta o el de una camisa con un cuello diplomático y con los populares, por entonces, puños Maracaibo. Y decidimos poner el broche al guiño histórico introduciendo un puño doble en nuestra chaqueta con el mismo tipo de seda gorgorán que las solapas del esmoquin. 

Y para cumplir con el segundo objetivo e introducir nuestro toque personal optamos por un forro poco corriente pero que daba un toque muy especial tanto al chaleco como a la chaqueta y cuyo color azul oscuro y con diseño de paisley combinaba muy bien con el azul medianoche del resto del conjunto. La elección de un forro u otro apenas tiene importancia ya que no se verán o en todo caso solo se insinuará en los extremos internos de la chaqueta muy levemente. No obstante, si somos de los que disfrutamos con nuestra ropa por lo que nosotros vemos y no por lo que el resto pueda ver, siempre un forro interesante será bienvenido. 

Desgraciadamente, las sastrerías españolas apenas tienen forros que tengan estilo y se limitan a ofrecerte forros o bien verdaderamente horrorosos y como de otra época o de colores demasiado llamativos. El haber podido compartir muchas horas de conversación con Alberto y Cesar hicieron que sin decirme nada me buscaran un forro que no era excesivamente llamativo y que no desentonaba con el esmoquin que estábamos haciendo y que además incorporaba todo ese toque personal que me podía permitir en una prenda clásica como esta. 

En esta segunda prueba los retoques se hacen buscando que el esmoquin quede lo más perfecto posible para luego en la tercera prueba el sastre poder limitarse a hacer solo algún ajuste final. En esta prueba intermedia se corrigió en el pantalón una pequeña bolsa que hacía a la terminación del trasero así como una pequeña arruga que se marcaba en el lateral de la parte alta muslo derecho. 

En esta segunda prueba las solapas ya no muestran el picado a mano que sí veíamos en la primera prueba pero tampoco vemos las vistas en seda con las que se nos entregará una vez terminada la chaqueta. Por el contrario, siguiendo la forma de trabajar de la sastrería artesanal tradicional, los Calvo de Mora para esta segunda prueba cubren las solapas con un tejido de algodón con forma de nido de abeja que recibe el nombre de percalina y que sirve para dar mayor consistencia a las solapas. 

Si nos fijamos en el detalle de la terminación de las solapas en esta segunda prueba observaremos que el canto de la solapa va doblado con una bastilla (tipo de punto que forma unas cruces) y que debajo de la doblez del canto hay otra tirita bordeando todo el canto de la solapa, pasaman, que queda oculto. Con el canto en pasaman y la ensancha de la tela doblada se le pone la percalina para que la solapa quede uniforme antes de finalmente poner las vistas de seda. 

En la chaqueta se volvió a estudiar tanto el cuello como la parte alta de los dorsales donde se eliminó una pequeña arruga que podía terminar afeando la limpieza de líneas de la espalda. Igualmente, se alargó un poco la manga para adaptarla a las medidas del puño Maracaibo de la camisa. Por lo demás, D. Manuel se limitó a confirmar que largos, entalles y sobre todo la proporción de todo el conjunto era acorde a sus deseos, proporción esta última que para él es una de las claves principales para poder hablar de un traje armonioso y bien terminado. 

Unos minutos más y nuevamente la palabra esperada: “listo”. 

Cuando uno acude a una sastrería, pero una sastrería de verdad, y ve la meticulosa forma de trabajar entiende porqué aquellos establecimientos que ofrecen trajes a medida y donde un dependiente, que no un sastre, se limita a rellenar las medidas que aparecen en el formulario que lleva en la mano nunca pueden recibir el nombre de sastrería. Igualmente, comprende porqué forzosamente el precio de unas y otras tiene que ser diferente y lo que es más importante comprende la diferencia entre los grandes profesionales del oficio y los que solo nos quieren hacer pensar que lo son. 

Terminada la segunda prueba, Cesar hace alguna anotación que le servirá a Alberto para afinar el patrón y tener este listo para que en los próximos trajes se pueda avanzar más rápido y reducir todo el proceso a solo dos pruebas. 

En la tercera y última prueba todo debe estar ya listo y debería servir únicamente para dar por terminado, a falta del planchado, el esmoquin o, en todo caso, para hacer algún ajuste mínimo. Por ello, y debido a que este esmoquin lo acompañaré siempre de una camisa de cuello diplomático y unas opera pumps me llevé nuevamente ambas prendas para asegurarme sobre todo que el largo del pantalón era el más perfecto posible. Nombrar aquí que me sorprendió gratamente que el largo del pantalón que vimos en la primera prueba terminase siendo exactamente el mismo que salió por la puerta terminado completamente el esmoquin. 

En esta tercera prueba todos los vivos están terminados y se puede apreciar la prenda en todo su esplendor. Todos los ojales están acabados, el lazo interior para la flor en su sitio y los botones cosidos; botones que como dijimos preferimos fueran de corozo que cubiertos de seda. 

Este es el momento de comprobar que el chaleco está donde tiene que estar y que la chaqueta queda perfecta y sin arrugas tanto si la dejemos abierta como si optáramos en algún momento por abotonárnosla. Movámonos con ella, caminemos…. al final la pose que se adopta enfrente del espejo del probador es siempre una pose forzada y seguramente no se vuelva a adoptar nunca más. Por el contrario, cuando nos la pongamos la próxima vez ya lo hagamos para andar con ella, agacharemos, alargar el brazo para alcanzar una copa de champagne o para sentarnos en con ella un largo rato. Por todo ello, no nos de vergüenza en simular estos movimientos por los pasillos de la sastrería antes de dar el ok definitivo a nuestro conjunto 

Si bien, incluso después de hacer todos esos movimientos, a mí me parecía que todo estaba terminado y listo para llevármelo ya a casa, D. Manuel apreció cuando me movía con él que en la parte alta de la espalda con el paso de los minutos se pudiera terminar insinuando una pequeña arruga y me pidió que se lo dejara un par de días más para quitarle ni siquiera las ganas a insinuarse. Y nuevamente la palabra mágica sale de los labios de D. Manuel: “listo”. 

Siempre he dicho que la sastrería es un proceso donde tanto el sastre como el cliente aprenden continuamente nuevas cosas. La gran mayoría de los amantes de la sastrería habrán probado más de un sastre en su vida y solo a raíz de esa experiencia y con los años uno da con ese sastre que le hace sus prendas como a él le gustan y que le hace sentirse plenamente cómodo, contento y seguro. Igualmente, cada sastre tiene una forma de trabajar que podrá adaptar a cada cliente según las preferencias de este pero al fin y al cabo todas los sastres tienen un sello que siempre quedará impregnado en la prenda final. 

Si bien la atención al detalle tanto en la propia prenda como en la mano de obra es más que sorprendente, sin lugar a dudas quiero volver a incidir en que lo que más gratamente me sorprendió fue la enorme comodidad y seguridad que aporta el talle alto marca de la casa. La chaqueta Calvo de Mora al tener esa sisa tan alta que te recuerda constantemente su presencia te anima a de tener que salir corriendo hacerlo con ella puesta ya que en ningún momento te dificultaría la libertad de movimientos. 

Siempre hemos escuchado que una buen traje debe ser amplio por dentro y estrecho por fuera. Esto que se dice muy rápido no siempre se consigue de la misma manera. Y hasta que no das con esa chaqueta que obedece perfectamente a esa definición no llegas a saber la importancia y la verdad de esta frase. 

Rematado totalmente el esmoquin este vuelve al taller para un último planchado; planchado que además de tiempo requiere de una gran pericia para evitar quitarle el aire a las solapas o deformar los pliegues ingleses del pantalón. 

Dos días más de espera, suena el teléfono y esta vez es Alberto quien nos ilumina el rostro con esa palabra que ya formará parte siempre de nuestro esmoquin: “LISTO”. 

El Aristócrata 

Complementos: 

- Opera pumps MTM: Antonio Enrile 
- Calcetines Seda: Mis Calcetines Rojos 
- Camisa Bespoke: Mariano Langa 
- Corbata de lazo Bespoke-unbroken: Le Noeud Papillon 
- Tirantes: Albert Thurston 
- Botonadura: Lander Urquijo

33 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Aristócrata,

Sólo puedo felicitarte una vez más por tan majestuoso artículo. Siempre me he preguntado qué es lo que verdaderamente te lleva a compartir con nosotros de la manera que lo haces un artículo tan esmerado como éste. No me importa decir que yo al menos no conozco ninguna otra página ni española ni extranjera que trate este tipo de temas con el detalle y la profundidad que tú lo haces.

Sobre D. Manuel poco puedo decir. Un sueño del que espero poder presumir algún día de albergar en mi armario.

Alberto

Anónimo dijo...

Todo un deleite para los sentidos.

Enhorabuena a los dos.

R.

ENRILE dijo...

Que maravilla , el trabajo es impresionante . Enhorabuena a los dos
Antonio García Enrile

Ain Soph dijo...

Fantástico artículo y mejor esmoquin,Le falicito por un trabajo tan extenso e interesante, ha sido un placer leerlo.

La confección del esmoquin es deslumbrante,la mangas caen perfectas y el chaleco es un diez sobre diez.

Señor Calvo de Mora un gran trabajo.


Saludos.

Antonio dijo...

Gracias por tan magnifico articulo.

Anónimo dijo...

Muy buen artículo.
Además, relacionado con la elegancia masculina clásica. Le felicito, ya que en esta ocasión no hace referencia a asuntos relacionados con alcoholismo, tabaquismo o pornografía.
Espero y deseo que haya tomado nota de los comentarios de tantos lectores y continúe en esta línea que es la que nunca debió abandonar.
Reitero mi felicitación. Un saludo desde Bilbao,
Federico.

El Aristócrata dijo...

Le ruego Federico que no me moleste más con sus impertinencias. Si piensa que en este blog se defiende el alcoholismo, el tabaquismo y la pornografía no entre más y punto. Espero que entienda que este Blog no va a cambiar para agradarle a usted.

Recuerde.....es tan sencillo como no volver a entrar.

EA

FERRUZZO dijo...

Que gente mas cansina. Si es mas facil que con la televisión. Y con la cantidad de Blogs que tienen para puritanos.


FERRUZZO.

FERRUZZO dijo...

Que gente mas cansina, con lo fácil que tienen entrara en paginas o blogs para puritanos y no dar la murga aquí.


FERRUZZO.

Anónimo dijo...

No pretendía molestarle, Aristócrata. Quisiera aclarar que en mi comentario no digo que el blog 'defiende' determinados asuntos, sino algo muy distinto: que 'en esta ocasión, no hace referencia a ellos'. Entiendo que se trata de una afirmación ajustada a la realidad e inofensiva.
También digo en mi comentario que me ha parecido un muy buen artículo y le felicito reiteradamente.
Uno más de una larga serie de magníficos trabajos que han llevado a su blog a ser el referente que es.
Un saludo desde Bilbao,
Federico.

Marcos F. dijo...

Apreciado Aristócrata
¿ Sabe que se le da muy bien el escribir ? Su artículo, además de interesante, esta escrito con una fluidez y un estilo que admiro. En cuanto al contenido, me confirma la teoria que expuse hará unos tres meses en un post en este blog; que no hay mejores sastres que los que tienen Uds. en Madrid. Lo digo por la multitud de detalles que relata Ud. sobre como trabaja Calvo de Mora a la hora de tomar medidas y de observar la morfologia del cliente.
¡Y si asi son los preparativos, como serán el corte y el montaje de la prenda! Pues esmeradísimos, ya lo podemos imaginar.
Su esmóquin, Jose Maria, tiene un aire y un garbo que ya quisieran conseguir los afamados sastres Italianos. Ojalá esta escuela del noble oficio en Madrid, perdure en la joven generación como es el caso en la familia de Don Manuel Calvo.
¡Saludos muy cordiales!

Anónimo dijo...

Le sigo desde los mismos comienzos de su blog. Era de los que esperaba con ansias ese profundo e informado artículo con los que nos premiaba semanalmente al principio. Fui de los que le imploramos que volviese cuando-por poco tiempo- decidió dejarnos. Compré su libro y me hice socio de su club- aunque por absoluta falta de tiempo debido a mi trabajo tuve que darme de baja muy a mi pesar.

Qué maravilla de artículo, que he leído cómodamente sentado mecido por las ramas de árboles centenarios en una casa de campo. No se me ocurre un escenario más propicio para experimentar el deleite devenido de las palabras e imágenes que nos regala.

El esmoquin y las opera pumps son dignos de admiración.

Me pregunto qué se siente al poseer y portar una prenda como la que nos ocupa u otras que nos ha mostrado anteriormente. Aunque habitualmente visto trajes y camisas a medida, he de reconocer que no llegan a los niveles de acabado, detalle y hechura de los que usted nos muestra.

Bravo, EA.

Antonio.

Anónimo dijo...

Buen articulo, mejor traje!!

Anónimo dijo...

estimado aristócrata,

yo fui uno de los que dejó un comentario desafortunado acerca del alcoholismo, y tengo que retractarme, ya que si fue con moderación y solo una cata me parece bien, yo también tengo un paladar muy fino, y aunque me gustaría poder de vez en cuando... no puedo tomar ni una gota de alcohol.

hablando de otros temas, increíble como escribe usted... yo he sido escritor y ni de lejos me asomo a su capacidad como escritor... chapeau.

mi pregunta como un estulto en temas de vestimenta de gala que soy, querría hacerle una pregunta, cuantas veces y para que se puede usar un smoking? digo yo que hay que ser una persona que asista a fiestas asiduamente o que tenga que ir a cenas de gala u óperas cada cierto tiempo, si no, usted cree que es una prenda que todo el mundo debería tener en su armario? y los opera pumps igual, es algo que solo y únicamente se puede usar con smoking verdad?

Gracias

Bolux dijo...

Querido Aristocrata, aunque un caballero nunca habla de dinero, me gustaria ( nos gustaria) saber que ha costado ese esmoquin de Calvo Mora. Pura curiosidad, que a buen seguro usted sabrá satisfacer.

Por otro lado preguntarle por la camisa, que tipo de tejido, que peso, composición y título de hilatura.

Un cordial saludo y enhorabuena.

Anónimo dijo...

Desde Colombia me es muy grato encontrar artículos que me generen tanto interés como lo que trata el Blog El Aristócrata como este ultimo donde se relata esta experiencia sartorial tan pura y digna de felicitación tanto para los protagonistas con su pasión por el oficio como por su relator que expresa la vivencia con gusto.

Juan Carlos Martínez E

Anónimo dijo...

Causa de enorme satisfacción es y los valores a la perfección de entrega y entusiasmo ejemplifica, del sartorial conocimiento la transmisión que con adecuados periodicidad y estilo, desde esta nuestra tribuna Vd. realiza. Elegante su prosa es, ejemplares sus maneras son, preciso y raudo su verbo, distinguida y evocadora figura, superior y elevado su porte y maneras. Es usted aristócrata, gran literato.
Desde Bogotá. Su humilde servidor,
Ángel Alfonso R.

Anónimo dijo...

Es de destacar la positiva actitud de este sastre, abierta y con ganas de aprender de todo cuanto le rodea; Sin complejos. Por el contrario, otros que se empecinan en decir que "somos los mejores", se quedan ahí, en su mediocridad.

Gente como esta es la que impulsa hacia adelante.

Un descubrimiento

Anónimo dijo...

deSu esmóquin, Jose Maria, tiene un aire y un garbo que ya quisieran conseguir los afamados sastres Italianos. Ojalá esta escuela del noble oficio en Madrid, perdure en la joven generación como es el caso en la familia de Don Manuel Calvo.

Anónimo dijo...

Amigos,
Crecí en UK en el seno de una famila usuaria del bespoke. Hay en mi armario suits construidos en el london' SR y en establecimientos no situados en esta mítica calle, pero con su nivel.
Mi profesión me llevó a conocer Madrid. Tengo tres suits madrilenos (dos de ellos construidos por sastres nombrados en esta Web) y debo reconocer que están al nivel del SR.
Muy intersante la Web. Un buen trabajo. Sin embargo, las fotografias de mujeres ligeras de ropa no comprendo si aportan algo, pero en mi modestisima opinión degradan a la mujer y al sitio Web.
Sinceramente,
S. Evans.

Anónimo dijo...

Sr. López-Galiacho, es Vd. el mejor sastre español de todos los tiempos.
Gracias por aleccionarnos.
Gustavo.

Anónimo dijo...

Galiacho ahora es sastre? Bueno, pues nada, animo.

El Aristócrata dijo...

Ya me gustaría!!!
Desgraciadamente no se ni coser un simple botón.
EA

Víctor Naves dijo...

Como de costumbre,un placer para los sentidos. Gracias EA.

Anónimo dijo...

Estimado autor,

El artículo es excelente.

Y como busca la excelencia, sería positivo que corrigiera una importante falta de ortografía donde dice
"El contar con sabia nueva en nuestras sastrerías tiene múltiples ventajas"

Debiera decir "savia".

Por lo demás, como ya le digo, excelente.

Un saludo,
Guillermo

El Aristócrata dijo...

Corregido Guillermo,
Muchas gracias
EA

Anónimo dijo...

Sr López-Galiacho,

Soy un frecuente lector de este blog pero este artículo, al haber sido publicado en el período vacacional, lo había pasado por alto hasta hoy.

Al leerlo, me ha sorprendido la referencia que hace a los "puños Maracaibo". Habiendo nacido en esta ciudad venezolana me ha resultado extremadamente curioso ¿Tiene algo mas de información respecto a este nombre?¿Tienen algo que ver con esta ciudad?

Por lo demás, felicitarlo por otro excelente artículo.

Muchas gracias, saludos

Roberto

Ignacio Franch Rojo dijo...

Estimado Aristócrata.

Muchas gracias por su artículo. Le escribo porque estoy haciéndome un frac a medida y, al leer su comentario acerca de lo impropio de que se vea el chaleco blanco sobresaliendo bajo la levita, me surge la duda sobre si he de decirle a mi sastre que ajuste el largo del chaleco al de esta prenda.
¿Sería tan amable de aclararme qué es lo más correcto en este caso?
Muchas gracias de antemano.
Reciba un cordial saludo,
Ignacio Franch y Rojo

El Aristócrata dijo...

Ignacio, como bien dice en el frac nunca el largo del chaleco debe sobresalir por el frontal de la levita. No obstante, cualquier sastre español sabe eso y no debería preocuparse.
Un saludo

Ignacio Franch Rojo dijo...

Buenos días EA.

Muchas gracias por confirmarme esta cuestión.

Reciba un cordial saludo.

Ignacio Franch y Rojo

Ignacio Franch Rojo dijo...

Buenas noches EA:

Le escribo de nuevo en relación al frac porque me surge una duda. El fin de semana pasado participé en un acto en el que una parte de los caballeros vestía un frac en el que la cara vista de la solapa de la levita era de una tela brillante, tipo "raso", mientras que los frac de otros presentaban en la solapa el mismo tejido que el resto de la levita y el pantalón.
Mi pregunta es cuál de los dos tipos de terminación del frac es más correcta.
Muchas gracias de antemano.
Reciba un cordial saludo.
Ignacio Franch y Rojo

por Yimi dijo...

Una delicia de artículo, la he pasado maravillado ante tan exquisita labor.

Anónimo dijo...

Buenas tardes, es la primera vez que leo un articulo suyo y me he quedado ensimismada. Cuanto detalle, cuanto mimo para describir un valioso y precioso don como el del señor Don M. Calvo de Mora. qué puede transformar un cálido tejido en una obra maravillosa y elegante.
Sólo espero que compartiendo genética, puesto que yo soy también una Calvo de Mora, pueda algún día mi mente idear algo tan bonito como él.
Realmente brillante.