sábado, 11 de abril de 2020

ÉRAMOS FELICES Y NO LO SABÍAMOS

En cualquier otro momento no me haría eco, no en esta página, de las líneas que escribí a petición del presidente de la Sociedad Bilbaína a sus socios. Creo que carece de interés pero a lo mejor parte de ella infunde ilusión y reflexión a algunos de vosotros:

Queridos socios y asociados:

Me llamo José María López-Galiacho González. Aunque soy de Albacete vivo en Madrid, dos lugares donde el coronavirus está actuando sin piedad. Apenas nos conocemos. Solo he tenido ocasión de compartir tiempo y espacio con ustedes una vez. Sí, solo una vez. Pero una vez muy especial. Tan especial como puede ser la presentación en sociedad del libro al que dediqué varios años. Y no en cualquier sociedad, sino nada más ni nada menos que en la Sociedad Bilbaína. 

Mi familia política se divide entre Bilbao y Hernani, aunque seguramente por el matriarcado imperante en el norte hasta mi suegro se toma el Txakolí ya en copa. Bromas aparte, siempre he tenido un especial cariño a Bilbao. De aquí es mi mujer, y de ella, a pesar del encanto de mi querido “Nueva York de la Mancha”, que diría Azorín, se sienten mis dos hijas. 

El ser de una capital de provincia pequeña te anima, y hasta te obliga a salir fuera para ver ese maravilloso mundo desconocido. Recuerdo visitar casi niño, de la mano de mis padres, amantes eternos del teatro, el Teatro Arriaga, pasear por la señorial Gran Vía y colarnos por las aulas de Deusto, aulas de las que muchos años después saldría licenciada quien hoy es mi mujer. Nacido en casa torista, Bilbao siempre fue cita obligada. Hasta el año que murió mi padre, tanto él como otros miembros de la peña albaceteña “Los Cofrades del Buen Almuerzo” reservaban en el calendario esos días para disfrutar de una de las mejores hospitalidades del mundo, del toro grande y del buen comer tradicional de muchos de los emblemáticos restaurantes de esta ciudad. 

Recuerdo estar hablando con mi suegra, bilbaína de pro, sobre la presentación de mi libro en la Bilbaína y cómo me insistió sobre la enorme responsabilidad que tenía por delante. A pesar de haber dado ya bastantes conferencias, ella hacía oídos sordos para terminar con un autoritario “la Bilbaína es la Bilbaína”. Mi mujer, por el contrario, me hablaba de las galas de Navidad, las Nocheviejas… y de lo bien que se lo pasaba en las fiestas de juventud. Antes de entrar en el cuidado salón casi bicentenario donde se iba a celebrar la presentación, Iñigo Antón Pérez-Iriondo, Iñaki Picaza, Íñigo Olaizola y Mikel Uribe-Etxebarria me dieron un paseo por esas magníficas instalaciones haciéndome sentir como parte de ellas. Si difícil será olvidar esa magnífica biblioteca y esa distinción atemporal del bar inglés, más lo será dejar de recordar la elegancia de aquellos jugadores de billar ocultando sus corbatas por dentro de sus camisas. Quizás solo por ello mereció la pena el alegato que se hizo de la corbata en el turno de preguntas. 

Pero si algo tendré siempre presente será el cariño que durante la firma de los libros me brindasteis muchos de los socios que asististeis. Con humildad, sin aires de grandeza, con esa elegancia que solo la cuna aporta, me sentí arropado y con ganas de que aquel día no terminara. ¡Gracias de corazón! 

Éramos felices y no lo sabíamos. Cierto es. Pero no menos cierto es que en solo unas semanas volveremos a tener una nueva oportunidad para serlo. Qué duda cabe que las cosas al principio serán diferentes, pero me temo que las aguas terminarán amainando y solo de nosotros dependerá volver a la locura del día a día anterior del coronavirus o seguir el sendero de un nuevo camino. Será el momento de ser conscientes de lo efímera que puede llegar a ser la existencia. De cómo nos quedamos en la oficina largas horas sin ser conscientes de que lo importante se sienta en la mesa a cenar, y nuestro lugar una vez más queda vacío. De las horas que desperdiciamos mirando al móvil o enganchados a todo tipo de series. De cómo nos malhumoramos escuchando a políticos o por ver a nuestro equipo perder. De lo absurdo de buscar defectos o errores en aquellos a los que se supone que deberíamos querer. Solo si nos damos cuenta de cómo hemos malgastado nuestra libertad estaremos predispuestos para ser su único dueño de ahora en adelante. Llega el momento de disfrutar de ese gin-tonic con nuestro querido amigo sin mirar al teléfono, de pasear saboreando todo aquello que alegra nuestro paso, de meditar, de pararnos a oír a los pájaros, de descubrir las pocas cosas materiales que se necesitan para seguir despertando y respirando cada día. En definitiva, de ser felices y de hacer un poco más feliz a quien la vida ha puesto a nuestro lado. Y por qué no, también de volvernos a encontrar con nuestra querida Bilbaína en un encuentro pausado, moderado, lleno de lectura y de amigos donde el sonreír, el humor, el compadreo y el quitar importancia al tiempo pase a ser la prioridad.

Un abrazo para todos.

El Aristócrata

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué cosa tan bonita.
Enhorabuena. Ojalá pueda conocerle algún día. Por su humilde manera de escribir debe ser usted un gran tipo.
Gracias por compartirlo.

Anónimo dijo...

Me identifico totalmnte con el título de su artículo:
"ÉRAMOS FELICES Y NO LO SABIAMOS"

Salvador López dijo...

Sin lugar a dudas una reflexión muy acertada que en estos momentos todo el mundo entiende. Siempre se ha dicho que valoramos las cosas una vez las perdemos y está situación nos debe hacer reflexionar y hacer que aprovechemos nuestro preciado tiempo en aquello que de verdad valga la pena.

Un abrazo a todos.

Anónimo dijo...

Grandes verdades.

Vicente Esteve dijo...

Realmente encantador. Sabias palabras que mueven a la reflexión.

Vicente