domingo, 26 de agosto de 2012

EL RELOJ, EL COMPLEMENTO MÁS ESPECIAL DEL CABALLERO

Mi principal debilidad material desde que prácticamente tengo uso de razón han sido los relojes; debilidad a la que solo se ha acercado mi pasión por la zapatería. 

Todavía conservo orgulloso y en perfectas condiciones aquel Orient de cuarzo que me regaló un familiar por mi Primera Comunión.

Los amantes de los tatuajes mantienen que cada vez que uno nuevo cubre un espacio de su piel este les recordará ya siempre ese acontecimiento que de una forma u otra les ha marcado en su vida. 

Y a mi me ha pasado lo mismo con mi pequeña colección de relojes. Cada momento importante de mi vida ha venido acompañado por la entrada en casa de un nuevo reloj a quien cuando le puedo ver me recuerda porqué vino entonces. 

Si a aquel primer reloj le siguió por un regalo especial un Lotus, el tiempo, la importancia de los acontecimientos y la pasión por la relojería harían que a estos les acompañaran en la caja de seguridad de un buen amigo otros como un Longines, un Breitling, un Cartier, un Girard Perregaux, un Omega, un IWC o un Rolex. 

Igualmente, el conocimiento adquirido con los años y el deseo de contar con piezas manufactureras hizo que mis gustos se empezaran a dirigir hacia mecanismos concretos y no hacia marcas en general. Así, diversos calibres de Zenith o de Jaeger-LeCoultre fueron los que colmaron mis ansias más puristas relojires; calibres todos ellos alejados de los movimientos ETA o Valjoux “modificados” que campan a sus anchas dentro de muchos relojes de precios injustificados donde lo que se paga es una marca de moda o con una larga historia solo sustentada por un buen equipo de marketing.
Indudablemente, todavía hay una larga lista de relojes realizados por maestros relojeros independientes como François Paul Journe, Tomas Prescher o como los hermanos Mc Gonigle, cuya perfección y complejidad de movimientos harán que siempre haya un nuevo reloj ocupando la lista de deseos. 

A pesar de haber muchos tipos de compradores de relojes, digamos de gama alta, yo los clasifico principalmente en dos grupos. Los que compran marketing, marca, diseño o estatus y los que prefieren gastar su dinero en marcas poco conocidas para el gran público pero con maquinarias muy superiores a las anteriores. 

Igualmente, el hecho de que ningún reloj automático por caro que sea pueda conseguir la exactitud que proporciona un reloj digital de pila, relojes infinitamente más baratos, deja claro el gusto de ciertos caballeros por lo intemporal y por los movimientos fabricados por los mejores artesanos relojeros del mundo. 

Independientemente de los mensajes lanzados por las principales casas relojeras son escasísimas las veces que un reloj puede representar una inversión. Sin embargo, si tenemos en cuenta que nosotros no poseemos muchos objetos personales que puedan ser disfrutados por generaciones venideras, el tener de un buen reloj parece estar más que justificado.
Hoy en día el concepto de “manufactura” resulta cada vez más confuso. Si bien son pocas las casas que no admiten no ser manufacturas la realidad es bien diferente. Las casas relojeras donde se realiza el reloj casi en su totalidad, por oposición a los talleres de terminación en que sólo se efectúan el montaje, el afinado, la colocación de las agujas y la puesta en la caja se podrían contar con los dedos de las manos. 

Debido a ello, resulta más acertado en vez de hablar de una casa relojera manufactura hacerlo sólo de movimientos. Así, por ejemplo, si bien hay casas que no pueden considerarse manufacturas por haberse limitado sólo a modificar levemente algún calibre sí pueden haber fabricado algún movimiento 100% manufactura. 

Lejos de las marcas de moda del momento, el amante de la verdadera relojería preferirá decantarse por ciertas casas centenarias y de enorme prestigio, como Patek Phillipe, Breguet, Vacheron Constantine o A. Lange&Söhne, que sí han sabido aunar una larga historia con movimientos de enorme complejidad. 

Y decimos esto porque no deja de ser curioso observar como en los relojes las modas juegan un papel también fundamental. De hecho, muchos caballeros sucumben a ellas sin ni siquiera ser conscientes de que un sencillo Hamilton alberga en su interior un mecanismo prácticamente similar al de ese nuevo reloj que acaban de adquirir por varios miles de euros más. 

Si a comienzos del año dos mil ciertos políticos ponían de moda los relojes del controvertido Frank Muller los menos pudientes de su clase hacían lo propio con los recién aterrizados Hublot. Todo ello sin importarles lo más mínimo que el mecanismo que albergara el reloj en cuestión fuera de cuarzo o en el mejor de los casos alguno de los extendidos calibres automáticos de Valjoux. 

Hoy, si bien han cambiado las tendencias estas siguen jugando un papel fundamental. La moda del Frank Muller, relojes elegantes pero que quedarse en los modelos de acceso a la marca no tienen atractivo alguno, dejó paso a otras como la de Audemars Piguet.
Aunque la calidad de Audemars Piguet está más que contrastada, esta casa suiza pasó a ser de repente obligatoria, sobre todo sus modelos off shore, entre aquellos caballeros que se resistían a que su muñeca dejara indiferente al personal a su paso. 

Si bien a ningún entendido le importaría contar con un reloj Audemars Piguet por su enorme calidad y por ser una marca que se ha ganado por méritos propios un puesto privilegiado entre las más deseadas, tampoco deberíamos caer en la ostentación de la que muchos de sus modelos hacen gala. Para eso ya están esos enormes relojes militares italianos, pocos de interés, a los que el mejor equipo de marketing de relojes de los últimos años ha devuelto a la escena del “lado oscuro”. 

Hoy parece claro que el mercado de los relojes de verdadera alta gama en el futuro no será igual y no pasará, como todavía lo hace ahora, por esas casas que venden miles de relojes en todo el mundo. Por el contrario, serán las escasas piezas de los más reputados artesanos relojeros independientes como McGonigle, Thomas Prescher, Urwerk, FP Journe o Greubel Forsey las más codiciadas por los amantes de la más alta relojería.
Si bien estas últimas marcas no sonarán al típico comprador de Rolex, Panerai, Cartier o Hublot, qué duda cabe que su exclusividad, refinamiento y calidad las sitúan en otra dimensión y colman los deseos de los verdaderos amantes de la alta relojería. 

Dicho todo esto, yo soy de la opinión de que la elección de un reloj es algo muy personal y no tiene porqué haber elecciones erróneas ya que siempre habrá caballeros que le den mayor importancia al diseño mientras otros potenciarán el carácter manufactura de su reloj. 

En lo que si estaremos de acuerdo unos y otros es que el reloj se ha convertido hoy en un complemento más de la indumentaria del caballero.

El más que destacable desembolso que un buen reloj exige obliga a estudiar con detenimiento además de la gran oferta existente también el uso al que lo vamos a destinar. Así, por ejemplo, parece lógico que no sea el mismo reloj el que se lleve cuando se vista de sport que el que marque la hora cuando sea el chaqué el protagonista. 

Como norma general, se deberá huir de los maxi relojes, tan de moda hoy, cuando se vista de etiqueta o se adopte un aspecto formal. La idoneidad de buscar la proporcionalidad de las diferentes prendas también aplica al reloj. Un reloj de 44mm, por mucho que a su propietario le guste, no es apropiado para vestirse con un chaqué o un traje de tres piezas. Para estos conjuntos existen opciones mucho más acertadas como es un reloj de bolsillo o uno de unas medidas discretas de 36 o 38mm.
Por el contrario, si se viste de sport o incluso con corbata pero de forma más informal, como se hace en los Casual Fridays, un reloj de mayor diámetro puede completar el conjunto de forma elegante. 

Tampoco los relojes joyas, por exclusivos que sean, son adecuados en un caballero. La elegancia debe ser sencillez y discreción pero nunca esnobismo. Es por ello por lo que los relojes de pulsera de piel son, por norma general, más elegantes que los de acero u oro. 

Hay infinidad de relojes de una enorme belleza y complejidad técnica que no necesitan hacerse presentes por los materiales preciosos utilizados en ellos y que, sin embargo, son infinitamente más bellos. 

En definitiva, se trata por un lado de buscar una adecuada concordancia entre el reloj y el resto del atuendo y por otro de conseguir que no sea éste el primer blanco de las miradas del entorno. 

Hoy resulta muy poco probable que alguien se compre un reloj pensando en que éste se limite únicamente a darle la hora. Tanto su aspecto exterior como su tipo de maquinaria son atributos que cobrarán un valor fundamental en su elección.
El reloj, al igual que ocurre en gran medida con el coche, se adquiere pensando, además de para ser utilizado conforme su función natural también para transmitir un tipo de gusto y tristemente no en pocos casos la posición económica de su propietario. 

Por ello, un reloj puede decir mucho más que simplemente la hora; puede hablar y contar muchas cosas de su propietario. No resulta atrevido afirmar que viendo el reloj de una determinada persona se estuviera más cerca de poder determinar qué tipo de zapatos y qué tipo de corte de traje es el de su propietario. 

Si alguien viste un enorme reloj de plástico digital de color naranja difícilmente se podrá esperar que sea acompañado por un zapato de corte clásico. De la misma manera, si un caballero se ha podido permitir el lujo de tener por reloj uno con el punzón de Ginebra con bastante seguridad vestirá un traje de aspecto cuidado. 

Seguro que a muchos caballeros resultará familiar la frase de Patek Phillipe que dice que sus relojes nunca son del todo de su propietario sino solo el placer de custodiarlo hasta la siguiente generación.
Esta frase se podría hacer extensiva a la mayoría de las piezas que cuenten con un diseño intemporal y que por su calidad puedan acompañar al caballero hasta el momento en que esa segunda generación se haya ganado el honor de custodiarlo hasta la siguiente. Simplemente por esto muchos podríamos argumentar que nunca un buen reloj termina siendo demasiado caro. 

A pesar de todo lo aquí argumentado, con toda seguridad tanto a los propietarios de los relojes del momento como a los amantes de las maquinarias les sobrarán motivos para defender su compra. Y esto no hace otra cosa que enriquecer el debate; siempre y cuando ese debate sea sosegado y lo menos pasional posible; algo muy difícil cuando de hablar de relojes se trata. 

El Aristócrata

martes, 7 de agosto de 2012

LA ELEGANCIA HOY


El concepto de la elegancia se encuentra hoy en día en una encrucijada. Si bien es cierto que la elegancia ha sufrido a lo largo de la historia una evolución, que no debe entenderse como modificación, de lo que constituyen sus elementos esenciales. 

Nunca el significado de la elegancia ha sido sometido a criterios tan heterogéneos y confusos, como en la actualidad. Se ha frivolizado mucho la palabra “elegante”, olvidando en numerosas ocasiones que viene del latín “elegere”, que significa elegir, que es una cualidad de naturaleza humana, y se supone que los humanos siempre elegimos lo mejor. 

Esta confusión sobre la elegancia es debida, desde mi punto de vista a varios factores. 

En primer lugar porque este concepto ha transcendido cada vez más del mero referente subjetivo al que se debe referir, no siendo infrecuente en la actualidad verlo aplicado, por extensión, a cada vez a más número de conceptos que exceden del individuo, y por ello a todo tipo o clase de objetos, y hasta elementos inmateriales de lo más variado. Si hacemos un breve ejercicio de observación lo encontramos aplicado a plantas, casas, muebles, automóviles, música… 

En segundo lugar se confunde con otros conceptos diferentes como belleza, estilo, glamour, lujoso, dandismo… 

Por otro lado, la irrupción de numerosas marcas de diferente ropa ha provocado que se haya vinculado en numerosas ocasiones la elegancia con la necesidad de vestir con esas marcas. 

La elegancia es un concepto que no ha sido igual en todas las épocas. Hubo una época en la que el dandismo fue un paradigma de elegancia, saber estar, clase, porte, estilo y buenas maneras. 

A mediados del siglo XVIII, por ejemplo, era elegante vestir de forma extravagante, cargándose de encajes, puntillas y bordados con hilos de oro, además de llevar pelucas y tacones. 

Con el tiempo surge una reacción frente a esa tendencia, introducida en Inglaterra por los miembros del Club Macaroni y surge así el dandismo. Un dandi era un hombre que se consideraba elegante y refinado, que prestaba mucha atención a su atuendo y a la moda y era una persona educada y cultivada. El movimiento dandi fue una doctrina de la elegancia, la finura y la originalidad. Su estilo afectaba principalmente al lenguaje y la vestimenta. 

Posteriormente, a principios del siglo XIX, y por influencia del dandismo, los trajes de los caballeros se hicieron mucho más sencillos, sustituyendo el atractivo decorativo por sutilezas en el corte y la confección. Los cambios de la moda masculina fueron también menos llamativos y frecuentes que los de la femenina, En esta época los trajes masculinos copiaban en muchos casos elementos decorativos que provenían de la indumentaria militar, particularmente durante el periodo de las guerras napoleónicas. Surgen así prendas como frock coats o levitas, Ulter, Chesterfield, Newmarket’ y chaquetas Eton. 

Posteriormente la influencia de la indumentaria marinera en la moda, fue muy popular entre la gente elegante, por ejemplo el príncipe de Gales (Eduardo VII, 1841-1910). En los años 70 la chaqueta masculina tenía solapas anchas y delanteros sesgados. 

Las levitas evolucionan con cuellos y esclavinas, de cintura entallada y grandes faldones, eran un reflejo de aspectos de la indumentaria femenina. Hacia finales de siglo la tendencia era presentar un aspecto delicado. También son evidentes, aunque menos llamativas, las innovaciones en el traje masculino, como la invención de nuevos elementos de sujeción para cerrar los chalecos por detrás y la mejora en el diseño de los broches.

Es a principios del siglo XX, concretamente en los años 20, cuando se diseñan los trajes que los hombres usan hoy en día, ya que el traje actual todavía se basa, en su mayor parte, en los que los hombres llevaban a finales de 1920. 

Como podemos comprobar, la elegancia evoluciona, pero no estrictamente al dictado de la moda. La moda puede marcar tendencias, que eran más influyentes en lo que debe considerarse la elegancia clásica, en tiempos pretéritos que en la actualidad. 

Prueba de la evolución sufrida es que, por ejemplo, en los años 60 del siglo XX no era considerado elegante el vestir con pantalones vaqueros. Hoy día, sin embargo, esa prenda puede vestirse y combinarse de manera informal que permita a su poseedor tener una imagen estilosa y un porte que puede resultar elegante. 

De hecho, no es infrecuente encontrarnos con caballeros que resultan más elegantes luciendo unos pantalones vaqueros, que muchos otros que, aún vistiendo trajes, tienen estos un corte, tejido y hechuras tan desajustados al portador del mismo, que le hacen poseedor de una imagen grotesca, desaliñada, desastrada y abandonada, en suma, la antítesis de la elegancia. Lo que significa, por un lado, que para vestir de forma elegante no es necesario vestir traje, (en realidad deberíamos decir, un traje cualquiera), y por otro lado que prendas que hace unos años no eran consideradas elegantes, hoy pueden llegar a serlo. 

Todo este planteamiento no puede entenderse si no partimos de la idea de que la elegancia no es sólo una forma de vestir. Como señalaba el mítico Georges Brummell , "La elegancia no es un atuendo, es una filosofía". 

Esto supone partir de una premisa que compartimos. La elegancia es más una filosofía de vida, de comportamientos, de modos y aptitudes, que de puro y simple protocolo social o de forma de vestir. 

En realidad la elegancia constituye un conjunto de actitudes de las personas que se sustenta en el modo de ser y de comportarse, que es un modo de estar, y que ha de manifestarse de forma externa e interna en su modo de vivir, vestir, moverse, y relacionarse en la sociedad, con gracia, nobleza y sencillez, respeto a los demás, naturalidad y buen gusto. 

Podemos señalar que existen cuatro pilares básicos de la elegancia que constituyen los elementos característicos de lo que debemos entender por tal. El primero de ellos es el valor de lo estético entendido como el buen gusto y el estilo propio. 

El segundo es la naturalidad. No hay elegancia verdadera si no es con naturalidad, entendida como espontaneidad y autenticidad; es decir, mostrarse uno tal cual es. La moderación y la mesura también forman parte de la naturalidad, como contraposición al dandismo, que siempre procuraba excesos en muchas de sus manifestaciones. La verdadera elegancia es siempre actuar espontáneamente, con gusto y estilo personales. 

La tercera característica de la elegancia bien pudiera ser la distinción. Distinguido es aquello que diferencia a una persona de los demás y le hace ser señorial. Es, en realidad lo opuesto a lo vulgar y a lo ordinario zafio. Hay que recordar aquí las palabras de Honoré de Balzac “El bruto se cubre, el rico se adorna, el fatuo se disfraza, el elegante se viste”. 

Por último la cuarta nota que distingue a la elegancia es el gusto por la belleza. Es esencial recordar que la belleza significa en primer lugar armonía y proporción, que debe predicarse tanto del aspecto como de la compostura. 

La elegancia es la presencia de lo bello en la figura, en los actos y movimientos, en suma, en la compostura. Una vez identificados los elementos que deben configurar la elegancia, se percibe con facilidad que dichos elementos se manifiestan en dos dimensiones, una interna y otra externa de la persona. 

Hoy día, por el contario, no es importante ser elegante sino la tener una buena imagen. Obsérvese que en la actualidad se habla mucho más de la imagen que de la elegancia, hasta el extremo de abandonar incomprensiblemente el término castellano e importar el innecesario, y menos preciso anglicismo, para sustituir a aquél, a través del uso del término “look”. 

Se olvida con ello que no es más importante lo agraciado del físico de una persona, que el ser elegante en los movimientos, actitudes y, sobre todo, en la amabilidad. 

Todo ello siempre bajo la necesaria perspectiva de la discreción, que ha sido y debe ser siempre una constante en la elegancia. Debemos recordar en este sentido las célebres palabras de G. Brummell "Si alguien se vuelve para mirar tu traje, es que no vas bien vestido", o la igualmente clarificadora de Balzac, “Elegancia es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera que ellos”. 

Lucio Rivas Clemot 
Vicepresidente del Club El Aristócrata.